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El 20 de octubre de 2005 se cumplen 50 años de la publicación de El retorno del rey, la tercera parte de la trilogía de El Señor de los Anillos. Desde entonces esta obra ha cautivado horas de innumerables lectores. Se han vendido más de 100 millones de ejemplares en 20 lenguas, un éxito que nadie hubiera esperado de una épica de fantasía en pleno siglo XX.
Su autor, John Ronald Reuel Tolkien, era profesor de inglés antiguo en Oxford. Terminó de publicar El Señor de los Anillos a la edad de 63 años. Es por tanto una obra de madurez, en la que volcó su experiencia vital y literaria.
Tolkien estaba convencido de que los cuentos de fantasía no tenían que estar dirigidos exclusivamente a los niños. Uno de los aspectos que caracteriza un auténtico cuento de fantasía, según Tolkien, es la “satisfacción de algunos deseos humanos primordiales”. No sólo se sitúa en el plano de la fantasía, de las cosas que pueden ser posibles, sino que, sobre todo, el verdadero cuento se sitúa en el plano de lo deseable. Por eso Tolkien piensa que los adultos necesitan más de los cuentos de fantasía que los propios niños. Esto es algo que corroboró con su obra magna.
Tomemos un ejemplo. Uno de los personajes de El Señor de los Anillos que más atractivo suscita entre los lectores es Sam. La cualidad que más distingue a Sam es su lealtad a Frodo. No le abandona ni cuando Frodo desconfía de él por los engaños de Gollum, ni cuando el Portador del Anillo ya no puede avanzar más por su propio pie. Quizá el momento más conmovedor de este desvelo por Frodo es el pasaje en el que le levanta, en las faldas del Monte del Destino: “Venga, señor Frodo. No puedo llevar [el Anillo] por usted, pero puedo llevarlo a usted junto con él. ¡Vamos, querido señor Frodo! Sam lo llevará en babuchas”. Pienso que todos desearíamos tener un amigo como Sam, que sabe ponerse en el lugar de uno en los momentos de mayor soledad e impotencia.
Si es verdad que Tolkien volcó sus ideas personales sobre literatura, es fácil preguntarnos si también se manifiesta en la obra su fe como católico. Sabemos por su más autorizado biógrafo, Humphrey Carpenter, que “la religión era el elemento más profundo de su personalidad”. Además, Tolkien tuvo que vivir su fe en un país que mantenía sus reservas frente a los católicos, reservas que tanto él como su familia sufrieron. Era un hombre de misa diaria, que nunca abandonó los sacramentos.
Ante la pregunta de si hay un trasfondo religioso en El Señor de los Anillos, el mismo Tolkien nos da la respuesta en una carta:
El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión. Precisamente por esto no he introducido en ella –o incluso he recortado- prácticamente todas las referencias a algo como ‘religión’, a cultos o prácticas, dentro del mundo imaginario. Porque el elemento religioso se encuentra absorbido en el interior del relato y en el simbolismo.
Una vez salido de su pluma, Tolkien reconoce en El Señor de los Anillos el espíritu del catolicismo, puesto que él mismo lo llevaba inscrito en su alma. Los elementos católicos de la obra no aparecen en la narración de modo explícito, sino que se encuentran “absorbidos en la historia”. Así, pues, una lectura atenta desde la fe puede desentrañar elementos propios de la revelación cristiana, que se ponen especialmente de manifiesto en la caracterización de los personajes.
El Anillo
Voy a fijarme particularmente en el protagonista, en Frodo. Tiene que llevar a cabo una misión difícil, que ni siquiera el propio Gandalf se ve en disposición de asumir personalmente: llevar el Anillo Único hasta el lugar donde se forjó para destruirlo allí. Es la única manera de vencer al Enemigo, Sauron, que está buscándolo porque lo necesita para extender su poder a toda la Tierra Media.
El Anillo tiene grabada una frase que da razón de sí mismo: “Un anillo para gobernarlos a todos...”. Gandalf dirá de él en el Concilio de Elrond que “basta desear el Anillo para que el corazón se corrompa”. Vemos que ese afán de dominio que comporta querer poseer el Anillo lleva parejo un serio peligro de que se corrompa el propio corazón. El ejemplo más claro es Saruman, un mago más poderoso que Gandalf, que acabó corrompido por ese afán de poder. Otro ejemplo es Denethor, que piensa que será capaz de aprovechar todo el poder del Anillo para vencer al Señor Oscuro. En las personas que desean el Anillo, hay un elemento de autosuficiencia: piensan que serán capaces de hacer uso de él, cuando en realidad el Anillo terminará poseyendo al propio sujeto. Gandalf lo precisará en casa de Frodo: el Anillo “puede llegar a dominar a cualquier mortal que lo posea”.
Esta voluntad de poder es probablemente la herida más profunda que ha dejado el pecado en el corazón del hombre. La imagen del Anillo como afán de poder tiene resonancias de la prueba de nuestros primeros padres. Su tentación fue precisamente la de “ser como dioses”, el desear un poder que no les había sido concedido. Este efecto se repite con cada pecado: prescindir del Creador y erigirse con el poder de decidir lo que está bien y lo que está mal, algo que no está en manos de la criatura. En el fondo se trata de un engaño. La mentira es el camino que suele seguir el tentador.
El pecado termina esclavizando al hombre y le quita su libertad más radical: daña su capacidad de amar. Lo expresará Jesús en una de sus disputas con los judíos: “todo el que comete pecado, esclavo es del pecado”. Así, por tanto, en la figura del Anillo podemos descubrir una caracterización literaria del pecado y de sus efectos en el corazón del hombre.
La abnegación
Será Frodo quien asuma la misión de destruir el Anillo. No posee las cualidades que cabría esperar de un héroe. Él mismo constatará en Bolsón Cerrado, antes de partir, que no tiene “la fuerza, el ánimo y la inteligencia” para una misión así. Es un hobbit, un mediano. Podríamos decir que los hobbits son personas corrientes, que desentonan en todo el universo heroico de la Tierra Media. Les encanta hablar del tabaco de pipa, les preocupa disfrutar de una buena comida y les gusta leer libros de cosas que ya saben. Nunca han tenido las aspiraciones de llevar a cabo hazañas heroicas. Frodo viene a ser el contrapunto del héroe típico. Sin embargo, será el único que es capaz de portar el Anillo.
Frodo puede afrontar esta ardua tarea gracias a que tiene un corazón humilde. En el diálogo con Boromir, cuando éste intenta quitarle el Anillo, se pone de manifiesto que Frodo tiene una sana desconfianza de sí mismo, algo muy propio de las personas humildes. Le dice que “está prevenido contra la carga que le ha sido impuesta (...) y contra la confianza en la fuerza de los Hombres”. Es la actitud contraria a la autosuficiencia de Boromir.
Se vaciará de sí mismo en el desempeño de su misión, hasta el extremo de darse cuenta de que se trata de un viaje sin vuelta a casa. Aun en el caso de lograr destruir el Anillo, no dispondrán de fuerzas para regresar a su amada Comarca. Así se lo insinúa a Sam antes de coronar el Monte del Destino. Tolkien nos presenta de este modo algo muy propio del auténtico discípulo de Cristo: el servicio abnegado en beneficio de los demás. Es fácil recordar aquí las palabras de Jesús en la Última Cena: “Nadie tiene amor más grande que el de dar la vida por sus amigos”. Frodo hará todo lo que esté en su mano, no se ahorrará esfuerzo, sufrirá miedo y hambre, se dejará ayudar por sus amigos, renunciará a la vuelta a su hogar... Este es el único modo de vencer al poder del Anillo.
La misericordia
Pero la caracterización de Frodo no termina con la destrucción del Anillo. Falta comprobar qué efecto ha tenido en él mismo su entrega heroica. Ha liberado a la Tierra Media, pero él ha logrado una dimensión más honda que cualquiera de los otros personajes de la Tierra Media.
La vuelta a casa de Frodo y sus compañeros les tiene reservada una desagradable sorpresa. Saruman tiene dominada la Comarca como represalia contra los hobbits. Cuando finalmente resulta vencido Saruman y Frodo descubre que se trata del antiguo mago, tiene con él un gesto que sobrepasa cualquier gesta heroica. Saruman ha destrozado su hogar, y además intenta matarle con un puñal. Sin embargo, a pesar de todo el daño que le ha infligido, Frodo le perdona la vida: “Es inútil pagar venganza con venganza (...). Devolverle la paz y la salud no está a nuestro alcance, mas yo le perdonaría la vida con la esperanza de que algún día pueda recobrarla”. Toda su entrega desinteresada para destruir el Anillo le ha reportado un corazón lleno de misericordia y compasión, que no guarda rencor. Ilustra muy bien las palabras del Señor en el Sermón de la Montaña: “amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian”. Algo que Cristo llevó a su plenitud al perdonar a sus verdugos en la Cruz.
El Señor de los Anillos es una épica original. En medio de todas las aventuras nos ofrece el ejemplo de un heroísmo al que cualquier persona puede aspirar en la vida corriente de cada día: la entrega desinteresada por los demás y la capacidad de saber perdonar. Una persona de fe está llamada a una meta mayor: amar a los demás como Cristo nos ha amado. A diferencia de Frodo, el cristiano cuenta con la ayuda siempre eficaz de la gracia de Dios.
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