Imprimir Enviar a un amigo

 El hombre que creía en los cuentos de hadas


Autor: Luis Olivera Fecha: 15 de marzo de 2005
Fuente: Arvo

Chesterton tiene miles de frases que dan en la diana y que valdría la pena guardar como un tesoro: “la base del Cristianismo y de la democracia es que el hombre es sagrado”; “lo realmente difícil para el hombre es disfrutar del placer”…


“Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874…”. Así comienza Chesterton a contar su vida en su “Autobiografía”, que ahora ve de nuevo la luz en castellano. Y fue bautizado como anglicano en Kensington, céntrico distrito del gran Londres victoriano.

Me hubiera gustado haber conocido personalmente a este ‘gigante’ con cara de niño, que siempre creyó en los cuentos de hadas –“mi primera y mi última filosofía”, los llamaba-- y que nunca perdió la capacidad de maravillarse ante lo que la vida le ponía por delante. Como si recibiera constantes regalos. Siempre es agradable tratar con gente ingeniosa, apasionada, que te hace pensar con su capacidad de polémica y de elaborar paradojas a velocidad de vértigo. Y que te vence convenciéndote de que la risa y el amor están en todas partes. He leído un par de biografías suyas, alguna bastante larga. Pero ahora espero leer su ‘Autobiografía’ y recuperar parte del trato personal que no pudimos compartir. Como imaginarme cuando una señora le preguntó en Filadelfia: -¿qué es lo que hace hablar tanto a las mujeres?

- Dios, señora.

O cuando alguien se fijaba en su inseparable puro, que encendía una y otra vez:

- Es mi musa. Placer del Parnaso. El humo del tabaco es el licor de la vida mental. Hay hombres que escriben con lápiz, otros a máquina; yo escribo con el cigarro.

Chesterton tiene miles de frases que dan en la diana y que valdría la pena guardar como un tesoro. “Un chico debe ir a la escuela para estudiar el carácter de sus maestros”; “la base del Cristianismo y de la democracia es que el hombre es sagrado”; “los hombres son hombres, pero el Hombre es una mujer”; o “lo realmente difícil para el hombre es disfrutar del placer”, son de aquellas frases que le caracterizan. Porque le gustaba disfrutar de la vida. No hay más que ver sus fotos. En la vida Chesterton fue un espectáculo andante, para mayores y para niños: con su enorme envergadura de casi dos metros y rondando de ordinario los 150 kilos, su sombrero inconfundible, su largo bigote descuidado, su amplísima capa bastante arrugada (como una tienda de campaña), sus profundos bolsillos (de los que sacaba las cosas más increíbles), su bastón y… allá arriba, un rostro “amable de querubín”, como decía G.B. Shaw, envuelto en la humareda del puro, que giraba sin cesar en su mano regordeta mientras hablaba, y una sonrisa contagiosa que le salía del alma.

Y, al contrario de las modas anoréxicas de hoy, se reía mucho de su apariencia externa. Me hubiera gustado oír sus críticas aceradas al actual culto al cuerpo de las adolescentes y a los individuos apolíneos de hoy, intentando asemejarse a estatuas griegas de Lisipo o Praxíteles. De hecho se rió con ganas de los superhombres y de los supermonos en los que sus más ilustres contemporáneos cifraban la opción de futuro, criticando las teorías de Darwin. Y a quienes le preguntaban sonriendo por dónde estuvo el paraíso terrenal, Chesterton –con la misma sonrisa—les decía que preguntaran a su respetado amigo budista si entre sus múltiples reencarnaciones recordaba la de cuando le tocó ser burro.

“La obra de Chesterton es vastísima y no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad”, escribió de él Jorge Luis Borges. Chesterton escribió especialmente para el hombre de la calle, repitiendo con lenguaje claro sus mensajes sencillos y valiosos. Por eso, Ezra Pound dijo que “Chesterton es la muchedumbre” y acertó: Gilbert K. es efectivamente el hombre común de carne y hueso dispuesto a pasarlo bien sacando el máximo partido a todo lo que Dios le ha dado, y que empieza por ser agradecido. Por eso consideraba la familia “un fantástico cuento de hadas”, como había aprendido y vivido intensamente en el hogar de sus padres: algo unido inseparablemente a la libertad y a la felicidad de este mundo. “La familia es la piedra de toque de la libertad” (1919). El enemigo del amor y la familia es uno mismo. El hogar estaba ya siendo empezado a ser devorado por la jungla: la sociedad de consumo y sus monstruos educados y refinados.

Y como era consciente de que ya entonces, a principios del siglo XX, comenzaba a decaer la institución familiar, sacó su bandera y se lanzó al contraataque sin dudar que era la defensa de una gran causa: “Luchamos por el brazo largo del honor y del recuerdo; por todo lo que puede levantar a un ser humano por encima de las arenas movedizas de sus propios estados emotivos, y darle el dominio sobre el tiempo pasajero”. ¡Qué hermoso es contemplar a un héroe tan admirado, tan clásico y tan genial como Ulises, que no deseaba otra cosa que volver a su mujer y a su hogar! No conozco mejor odisea que ésta.

Este gran amante de la familia no pudo tener hijos con su mujer Frances Blogg, pero tuvo sobrinos a montones –como los vástagos de Hilaire Belloc--, que le llamaban tío Gilbert y que le adoraban. Los hijos de sus amigos disfrutaban lo indecible con las inolvidables sesiones de marionetas que él les organizaba inventándolo todo, desde las figuras de escayola pintada hasta los diálogos y las historias, en las que, por definición, el héroe vencía siempre al villano con la alianza de hadas y gnomos y se ganaba el favor de la princesa rubia o pelirroja. Y les organizaba sesiones de marionetas, que él mismo les fabricaba y en las que él participaba como uno más. Porque sentían adoración por los niños y profunda admiración por la inocencia infantil. Ni en medio de sus más enconadas polémicas periodísticas consiguió hacerse un solo enemigo. Probablemente porque estaba convencido de que “tenemos que mirar a los seres humanos en una cierta luz para amarlos a todos; y los más agnósticos de entre nosotros sabemos que esa luz no es exactamente idéntica a la luz del día ordinario”. Y para demostrarlo nos ha dejado más de cien libros como herencia intelectual, recogidos en 37 volúmenes que componen sus “Obras Completas”.

En su conversión a la Iglesia Católica se sintió como alguien que finalmente vuelve a su casa, “la casa del hombre”, como él mismo la llamaba. Fue en 1922, tras un largo proceso interior. “Convertirse al catolicismo no es abandonar el pensamiento, sino aprender a pensar”, dijo entonces, advirtiendo casi con consternación la inmensa dimensión de la libertad. Esa misma tarde, que pasaron en alegre tertulia, Chesterton compuso un soneto sobre su conversión (“Tras un momento, la cabeza inclino – Da un vuelco el mundo entero y se endereza…”), cuyo último verso era: “Pues Lázaro es mi nombre, y ahora vivo”. Su soledad como corredor de fondo durante 48 años había concluido. Pero durante ese largo trayecto aflora con nitidez su recorrido vital interior, a la hora de juzgar a algunos de los personajes sobre los que escribió, que fueron muchos. Se observa su creciente rebeldía contra lo que Chesterton considera “el mayor pecado”: vivir contento sin Dios, no sentir la necesidad de darle gracias, acostumbrarse a un bienestar material sin fin que anule todo esfuerzo por responder a las exigencias más profundas del ser. Quien no cree en Dios, creerá en cualquier cosa.

Y como consecuencia de esos dos puntos de partida, repartía optimismo y sentido común, “esa rama extinta de la psicología”, como la llamaba. Para C.S. Lewis, Chesterton “tenía más sentido común que todos los escritores modernos juntos”. Y jugando y haciendo arte con las palabras, conseguía iluminar lo ordinario y descubrir en todo lo trivial una cierta eternidad. “Veía por primera vez en las cosas lo que nadie había visto en las noventa y nueve veces anteriores”, confiesa Ronald Knox. Era su ley, escrita en los libros de la vida, palpitante, llena de una inmensa simpatía por el hombre. Todos los hombres deberíamos creer en los cuentos de hadas, “que es el reino luminoso del sentido común”: así habría menos pesimistas; o seríamos más realistas, lo que no deja de ser una paradoja. Y es que, como él se dio cuenta, la alegría –que era la publicidad del pagano--, es el gigantesco secreto del cristiano. Los falsos profetas están equivocados. El tiempo probará la verdad.


La Alameda / Documentación