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Alejandro Llano, Catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra y antiguo director del Colegio Mayor de La Alameda, pronunció el pasado 10 de septiembre una conferencia titulada “Colegios Mayores: la Universidad vivida”. Formaba parte del programa de actos de las XXVII Jornadas de Colegios Mayores, que se celebraron en Pamplona. Por su interés en la figura de lo que es un Colegio Mayor reproducimos a continuación un extracto de dicha conferencia.
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Un Colegio Mayor puede ofrecer hoy la insólita posibilidad de que los estudiantes que en él residen -o que lo frecuentan- descubran que la Universidad es mucho más que una máquina de dar clases, calificar exámenes, expender títulos, y lanzar al mercado profesionales insolidarios y ambiciosos, o simplemente futuros parados. La Universidad es una aventura del espíritu, una forjadora de personalidades libres, una descubridora de lo nuevo, un remanso de convivencia culta.
Convivencia culta: en estas dos palabras se concentra la esencia institucional de los Colegios Mayores. Y pueden representar el hilo conductor para repensar los valores que en ellos se han de fomentar. Valores -es decir, bienes y virtudes- que están relacionados con la búsqueda conjunta de un modo de vida potenciado por el conjunto de hábitos teóricos y prácticos que integran ese estilo de ser fecundo y lúcido al que llamamos "cultura".
La clave para la comprensión del perfil de los Colegios Mayores estriba en no considerar aisladamente los valores de la convivencia, por una parte, y los valores de la cultura, por otra. Porque una convivencia que no estuviera modulada por la cultura sería una mera co-existencia, mientras que una cultura individualista no pasaría de ser una barbarie más o menos civilizada.
El valor que mejor expresa tal imbricación entre cultura y convivencia viene a ser, según me parece, la amistad. De ella decía Aristóteles que es "lo más necesario de la vida". Y, desde luego, resulta imprescindible para que haya vida universitaria y, en general, una vida digna de ser vivida.
Se ha dicho, con razón, que hay una única desgracia: estar sólo. Expresado de manera positiva: un elemento constitutivo de la vida lograda es la compañía benevolente y afectuosa de otras personas a las que quiero y por las que me dejo querer. En este mundo, puedo prescindir de casi todo, pero no puedo vivir sin amigos. Al menos, no me resulta posible llevar una existencia a la altura de la condición humana, la cual -en uno de sus aspectos más radicales- consiste en la conversación, afectuosamente correspondida, con otros hombres y mujeres a quienes trato y por quienes soy tratado en pie de igualdad. El amigo es otro yo. A través de él, mi libertad se entrelaza con otras libertades. Adquiere una resonancia dialógica, y me hace capaz de adquirir el saber y de forjar mi temple ético. Ya no se oye sólo mi propia voz o su eco electrónico. Otras vidas, otras voces, llenan mi vida. Y la plenitud existencia¡ resulta imposible sin intentar vivir la vida de los demás y sin dejar que los demás vivan mi propia vida, que así se refracta y se potencia; porque -como también decía Aristóteles- lo que puedo a través de mis amigos es como si lo pudiera yo mismo. Con-vivo la vida de los demás y ellos viven también con la mía. El poeta Pedro Salinas acierta plenamente cuando sitúa la alegría más alta -la excelencia vital- en "vivir en los pronombres". ¡Qué extraordinaria experiencia la de des-vivirse por los demás! Y- otra vez Salinas- "¡qué dicha da vivir sintiéndose vivido!".
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