|
"Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. –Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... –Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!" (Camino, 212).
He buscado este texto con motivo de la película de Mel Gibson, no tanto para escribir sobre ésta cuanto para referirme a la misma pasión de Cristo, porque me parece que detrás de los detractores o apologetas del film, lo que está en realidad, en muchos casos, es la actitud ante Cristo mismo. Quizá la causa sea lo que puede leerse en otro número de Camino: "Jesús: por donde quiera que has pasado no quedó un corazón indiferente. –O se te ama o se odia".
Acercarse a Jesús –en este caso, a su pasión- a través del Evangelio, de la oración, de los sacramentos, de libros sobre su vida, de una película, no deja indiferente poniendo un poco de empeño por buscar seriamente al personaje: el Dios hecho hombre que nace para morir por los hombres. La historia de Cristo es una locura de amor. Y como el amor es donación, encuentra su cumbre con la muerte en la Cruz y con la Eucaristía, que fue anticipo del Calvario y, luego, perpetuación del mismo.
Es imposible mirar la pasión brevemente, pero lo intentaré recordando unas pocas frases de la Sagrada Escritura. La primera es de San Pablo y tiene una enorme actualidad. El Apóstol dice de sí mismo que se ha formado a los pies de Gamaliel, uno de los maestros con más nombre en su época. Se declara ciudadano romano casi con cierta arrogancia –"yo lo soy por nacimiento"-, cuando va a ser castigado por uno que compró esa ciudadanía; pero a la hora de la verdad afirmará: "Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado". En la misma epístola (1 Corintios), había escrito poco antes: "Los judíos piden señales, los griegos piden sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios más poderosa que los hombres".
Efectivamente, mientras no descubramos y experimentemos la sabiduría del amor que se entrega del todo –eso es la sabiduría de la Cruz-, el Cristo que veamos no será Jesús. Y todo el dolor de su pasión y muerte será locura o escándalo; será algo incorrecto, molesto, perturbador de una tranquilidad hecha de consumismo, pensamiento débil, y libertad sin norte.
Cristo da respuesta al interrogante sobre el sufrimiento no sólo con sus enseñanzas sino con su propio dolor físico y moral. Las palabras de Getsemaní –"Si es posible, pase de mí este cáliz..."- prueban la verdad del amor mediante la verdad del padecimiento. Pero creo encontrar el culmen de esta realidad en aquella locución misteriosa y desgarradora del Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Para entenderla un poco, tal vez hay que acudir a la profecía de Isaías: "Cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros". Algo aún más fuerte se lee en la segunda epístola a los Corintios: "A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros". De manera misteriosa, el que es Dios y hombre se siente rechazado por el Padre porque se ha hecho pecado por la humanidad, ha asumido lo más opuesto a la divinidad por un delirio de amor, para purificarnos, para dar sentido al dolor de un modo definitivo, que nos hace fuertes y sabios. El verdadero transgresor es aquel que tiene la audacia de vivir así la fe cristiana.
Con palabras de Juan Pablo II, podemos volver a la trágica pregunta –"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"-, para decir que "mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios" (Salvifici Doloris), quizá su mayor suplicio, precisamente porque se ha hecho pecado al cargar con los nuestros. Y eso no puede dejar indiferente.
Pablo Cabellos Llorente
Vicario del Opus Dei en Valencia
|