Imprimir Enviar a un amigo

 Ecología del hombre


Autor: Pablo Cabellos Fecha: 22 de abril de 2004
Fuente: Las Provincias

Nunca se ha hablado tanto de libertad como en estos tiempos nuestros. Y es que, a medida que van avanzando las democracias, el hombre es efectivamente más libre. Sin embargo, a casi todas las democracias actuales les han salido aporías, rendijas por donde escapa esa libertad a chorros, contradicciones que los politólogos, los dedicados a los medios de comunicación, los teólogos, sociólogos y los intelectuales, en general, deberían estudiar a fondo. Porque usando mal la libertad, se está atacando al hombre mismo: ¿qué son el aborto, la investigación con embriones, la clonación, sino ataques a la persona humana más indefensa?

Ya escucho la respuesta: nadie está obligado a abortar –ojo, que en China ya ha sucedido-, ni a donar embriones para investigar, ni a clonarse. Eso –China aparte- es cierto, pero no es menos cierto que una ley que autorizase el robo, por poner un ejemplo, tampoco obligaría, y nadie niega que sería injusto por el daño producido a terceros. Sé que los ejemplos no son perfectos, pero sucedería así. ¿Y no se daña a terceros, y mucho más seriamente, con las prácticas contra la vida mencionadas anteriormente? Pero, además, es la sociedad misma quien se deteriora y se encallece. Sí, cualquier práctica contra la ecología del hombre perjudica a todos.

Afortunadamente, la ecología es algo que gana sensibilidad de modo progresivo: se protegen espacios naturales, se cuidan particularmente especies en riesgo de extinción, se curan cuidadosamente animales dañados, etc., etc. Todo eso es un bien. Y un cristiano ha de entenderlo con particular perspicacia, puesto que la naturaleza –con más o menos evolución- es obra de Dios. Incluso con una total evolución a partir del big bang, que encaja admirablemente con el poder de Dios, quien con un grandioso y admirable acto creador habría puesto en marcha todo el universo con sus leyes (digo así, porque otra evolución fruto del puro albur me parece que necesita más fe que la existencia de Dios), siempre afirmando su particular intervención en la creación del hombre.

Tiempos de ecología, excepto para la persona humana, que se mata en las guerras y en la paz, que se mutila, que practica la violencia doméstica, que llama muerte digna a la eutanasia y que, como un atroz parásito destruye unos embriones para ver si se cura él. No se acepta la verdad del hombre y se autodestruye, pero, en general, empezando por otros.

El ser humano, el único al que Dios ha querido por sí mismo –como afirmó el Concilio Vaticano II-, requiere más amor y respeto. Y nos queda mucho por avanzar en este sentido. Necesitamos una ecología integral para la persona humana. Esa ecología requiere racionalidad y coherencia. Si no se admite la tortura, no se admita para el no nacido; si no se admite el asesinato, no se admita la investigación con embriones; si todo ser tiene derecho a una familia, procúrese que sea la familia natural; si se castiga la violencia doméstica, no se consientan los niños de la guerra, etc., etc.

Mientras esto no vaya siendo así, muchos humanos podrán sentir la nostalgia de aquellos versos magistrales de La vida es sueño, que Calderón pone en boca de Segismundo: “Nace el ave, y, con las galas / que le dan belleza suma, / apenas es flor de pluma, / o ramillete con alas, / cuando las etéreas salas / corta con velocidad / negándose a la piedad / del nido que deja en calma; / ¿y teniendo yo más alma, / tengo menos libertad? / (...) / Nace el pez, que no respira, / aborto de ovas y lamas, / y apenas bajel de escamas / sobre las ondas se mira, / cuando a todas partes gira / midiendo la inmensidad / de tanta capacidad / como le da el centro frío; / ¿y yo, con más albedrío, / tengo menos libertad?”.


Pablo Cabellos Llorente
Vicario de la Delegación del Opus Dei en Valencia


La Alameda / Documentación