Entrevista a Moncho Freixa


Moncho empezó sus estudios en Navarra, luego se trasladó a Valencia para realizar el segundo ciclo de la licenciatura de Filosofía y Letras. Después se ha dedicado al periodismo en radio, prensa y TV. Últimamente desempeña trabajos de asesoramiento de imagen y comunicación para empresarios y políticos de España e Iberoamérica. Estuvimos con él a su regreso de Bolivia:

¿Cuál fue el motivo que te llevó a vivir en el Colegio Mayor de La Alameda y no en un piso como la mayoría de estudiantes?

Venía de un Colegio Mayor en la Universidad de Navarra, el Colegio Mayor Universitario Belagua Torre II, por tanto, sabía lo que era vivir en un Colegio Mayor. Estuve unos meses en La Alameda, luego fui al Colegio Mayor Universitario Albalat, y volví para vivir como profesional a finales de los años 80. La ventaja de un Colegio Mayor es evidente, en las “Repúblicas” -así llamábamos a los pisos- el desorden era lo predominante y no ayudaba al estudio. Además, el Colegio Mayor te ofrece buenos servicios y actividades, algo fundamental para un universitario.

¿Qué fue lo que más te llamo la atención de La Alameda?

Lo que impresiona de La Alameda es el empaque del edificio por dentro; detrás de él se ve la labor de cuidado y de limpieza de manos escondidas que le dan este “caché” inigualable, que hacen del Colegio Mayor un hogar. Esto no lo encuentras en ningún otro lado. El ambiente: “no hay quien pare en la barraca”, además de estudio, estudio y estudio, lo pasas en grande. Una de las cosas que me gustaban era el “récord” de la vuelta al edificio de la tabacalera, que se corría siempre que había luna llena. Es una pena que esta costumbre se perdiera: está claro que las generaciones de hoy son más flojitas y no pueden arrebatar el récord.

El colegio fue impulsado por San Josemaría. Siguiendo su ejemplo se ha procurado vivir un espíritu familiar y de convivencia dentro de la vida de los colegiales, ¿te encontraste con ese ambiente de familia?

Ya he comentado antes este ambiente de hogar, de familia: entra primero por lo más material, como pueda ser la decoración, la limpieza y, ¡cómo no, la comida!, Ninguna madre jamás se ha quejado de niños flacos, si no, que se lo cuenten a “Sobri”: cuando llegaba a Callosa su madre le ponía a régimen. Luego el ambiente de familia se veía lógicamente en cada uno de los que allí vivían: nadie era un extraño, cada uno era tratado con sus “cadaunadas”, y con gran respeto a su libertad personal.

¿Conociste a San Josemaría?, ¿qué recuerdo guardas de él?

Sí, en el año 1971. Fue en un viaje de estudios a Roma con el Colegio Viaró, y tuvimos una tertulia con él en la sala de estar de la casa donde vivía. Éramos un centenar, aquel día cambió mi vida. Luego volví a estar en varias tertulias en España en el año 72, y más tarde tuve la suerte de acompañarle de cerca, en Pamplona, cuando vino al acto de Doctores Honoris Causa de 1975. Recuerdo de él muchas cosas: desde el primer momento me di cuenta de que era un hombre fuera de lo común, era un santo. Y luego lo que me impresionó era su amor a la libertad, a respetar la manera de ser de cada uno.

De los estudiantes con que coincidió en el Colegio, ¿mantiene la relación con alguno de ellos?

Sí, los amigos de La Alameda son para toda la vida. Lógicamente, por motivos profesionales a algunos se les pierde la pista; otros –en plena juventud- también nos dejan para ir a la tertulia del cielo.

Arcadio Barber, Alfredo Prieto y Moncho, al terminar los actos del 50 aniversario de Samaniego - Alameda.

Moncho durante su estancia en Bolivia en el año 2002.

Preparando las canciones para recibir a la Fallera Mayor en el año 1992.

Fiesta de Reyes del Curso 89-90.

Antiguos Colegiales / Jornada de Antiguos