| Rafa es uno de aquellos residentes que ha dejado especial huella en el Mayor. Después de haber pasado cursos como colegial (de 2002 a 2004), asistiendo a Roma con motivo de la canonización de San Josemaría; estuvo tres años como secretario y uno como subdirector. Al final del curso pasado se despedía de nosotros.
La formación de jóvenes intelectuales es la principal prioridad del Mayor. ¿Cómo se vive siendo colegial, primero, y desde dirección, después?
Una cosa que me ayudó al ser colegial es tratar de tener mentalidad abierta y renovar las ganas de aprender. Intentaba subirme a todos los “trenes” posibles que me ayudaran a enriquecerme como persona y no perder ninguna oportunidad.
Al entrar en la dirección del Colegio ves que detrás de cada cosa hay mucha dedicación. Que las cosas bien hechas dan siempre fruto: ¡Todo suma y nada se pierde!
Es sabido que el Colegio es una oportunidad para conocer gente: estudiantes, profesionales, amigos, residentes, intelectuales… ¿Qué experiencia tienes de esto?
Ya en la Universidad te alegrabas de saludar a mucha gente que habías conocido gracias a la vida en el Colegio, sobre todo en las tertulias de los jueves por la noche. Con unos tengo verdadera amistad y otros muchos son conocidos a los que aprecias. Después de estos años te das cuenta de que conoces a más gente de lo que uno se piensa y de que de todos se aprende.
¿Cómo has vivido las celebraciones de los colegiales?
Es de las cosas más divertidas de estar en La Alameda. Es gracioso ver a tíos aparentemente “un poco muñones” y que en un show saquen al artista que llevan dentro y hagan que uno se lo pase muy bien. Recuerdo ahora el mítico León de Miky, las parodias policíacas de Pepe y Dani, las declamaciones de buenas poesías, el sargento Tous, las caricaturas que hacíamos en Belvedere, el saxo de Manel, Phil Bouer, etc.
¿Conservas algún recuerdo con especial cariño?
Las fiestas de final de curso con los padres de los colegiales, en las que se proyectaban fotos de lo que habíamos vivido cada año. Eran momentos en los que uno caía más en la cuenta de lo supone vivir en la familia de La Alameda.
¿Qué recomendarías a los que son nuevos, a los que lo fueron y a los que lo serán?
Que hay que aprender a disfrutar en esta vida para que sea una aventura. Y haciendo un guiño al director del Mayor, cito a G. K. Chesterton para decir que, en muchos casos, una aventura no es más que un inconveniente convenientemente considerado. Y eso lo he aprendido haciendo vida en La Alameda.
¿Algún recuerdo de las fallas en La Alameda?
La mascletá de la falla de La Exposición y las “guerras de borrachos” (petardos, que no se malinterprete…) que montábamos entre los amigos. Siempre había alguna sorpresa de última hora cuando parecía haber terminado todo. Solíamos acabar con los pantalones algo “chamuscados” pero habiéndonos reído mucho. |