Entrevista a Pepe Pellicer


Cómo llegaste al Colegio Mayor de La Alameda?
Tenía solicitada plaza en el C. M. Luis Vives, pero finalmente no fue posible ser admitido, así que a última hora lo intentamos en La Alameda por sugerencia de un compañero de bachiller, Federico Gómez, que la había solicitado. Creo recordar que él hizo alguna gestión para que me admitieran. Había muchas solicitudes. Como puedes ver, en mi ingreso en La Alameda hubo algo de casualidad.

¿Qué recuerdas con más cariño?

El ambiente humano y de estudio del colegio, el nivel alto de inquietudes culturales e intelectuales, las tertulias a mediodía, un modo nuevo y más profundo para mí de entender la vida cristiana, la amistad con gente de procedencias variadas…

¿Qué actividades culturales destacarías de los años que estuviste en La Alameda?

Fueron muchos años, así que no sabría por dónde empezar. Quizás más que las actividades formales, que eran muchas, creo que valoraría más la cantidad enorme de tertulias informales con tantos invitados de muy variadas procedencias.

Especialmente recuerdo, un tipo de actividades que desarrollamos durante algunos años en grupos pequeños, con frecuencia en torno a algún punto de interés o en torno a algún elemento común de unión del grupo, en el que los protagonistas éramos nosotros mismos, sin casi intervenciones externas. La idea era aprender a desarrollar la expresión oral, la capacidad de intervenir en público. Cada uno preparaba un tema y lo exponía en el grupo, se sometía a la crítica de los demás, se obligaba a preparar su intervención, a buscar y a sistematizar su contenido, a exponerlo con seriedad, a captar la atención.

También formaban parte de esto los debates organizados. Aprendíamos a exponer nuestras opiniones en público, a debatirlas, a escuchar.

Creo que eran complementos formativos de primer orden que no se aportaban ni en el bachiller ni en la universidad y que de un modo divertido aprendíamos en el Colegio Mayor.

En noviembre de 1972, San Josemaría visitó el Colegio Mayor. ¿Nos podrías contar algo de aquel día?

Sí, fue en noviembre de 1972, por la tarde, hacia las 5 aproximadamente. Era la primera vez, y la única, que el Fundador de La Obra efectuaría una visita al Colegio Mayor que bajo su impulso y dirección directa había nacido en Valencia muchos años atrás.

Esa tarde, además de los residentes de entonces estábamos muchos más: amigos de los residentes, antiguos residentes, personas jóvenes de la Obra de Valencia…

Habíamos preparado todo desde varios meses hasta minutos antes, creciendo los nervios y el cansancio a medida que se acercaba la fecha y parecía que cada vez quedaba más por hacer. Fueron unos meses vibrantes y caóticos en los que La Alameda estaba patas arriba de obras y vivíamos como podíamos. A la vez había que hacer todo, el suelo de la terraza, pintar todas las paredes, barnizar todas las maderas, cambiar el altar, poner luces, arreglar los bajos... Estaban todos los muebles fuera de su sitio y convivíamos con los equipos de obreros y sus equipamientos y herramientas, andamios y tablones por todas partes.

La tertulia fue en la sala de estar. No cabíamos. Siempre fue pequeña y en esta ocasión era mínima. El Padre se situó de pié delante del sofá largo a la derecha. Muchos estábamos sentados en el suelo alrededor y, detrás, de pié, todos los que pudieron meterse. Habíamos quitado las puertas para que cupieran más en el hall de la primera planta. Se nos pasaron los 60 minutos casi sin darnos cuenta. Le preguntaron las cosas más variadas, también de la vida de la residencia. Las respuestas rápidas y claras no daban ocasión a atender otra cosa que su figura que acompañaba lo que decía con rápidos gestos y movimiento de manos tan expresivos como sus palabras: estudio, trabajo serio, respeto a las normas mínimas de convivencia del colegio, derecho a encontrar en la residencia un lugar limpio y amable donde estudiar y convivir con respeto, libertad y posibilidad de encontrar unos medios de formación cristiana, fueron temas que salieron al compás de las preguntas y respuestas que surgían de los distintos ángulos de la sala de estar.

Se fue la luz a mitad de la tertulia. Nadie se movió y nos quedamos a oscuras. Saltaron los automáticos debido a la sobrecarga -estaba todo el colegio con las luces encendidas- e inmediatamente se escuchó la voz del Padre: "no pasa nada..." y siguió hablando, contestando la pregunta en la oscuridad. Antes de que la vista se hubiera acostumbrado a la penumbra José María Romeo consiguió que todo volviera a funcionar con normalidad.

Al salir de la tertulia le saludó Andrés Martínez, que volvía de clase y que despistado como ninguno, con los libros un jersey y unos vaqueros se acercó y le saludó con toda confianza y toda naturalidad. De allí, al pasar por la entrada de los bajos su Vicario en España le dijo al Padre que esos eran los famosos bajos de La Alameda -fueron famosos en su primera época, cuando se dejaron sin terminar por falta de dinero y los de las milicias universitarias efectuaban practicas de tiro en lo que hoy es salón de actos-. Quiso que se los enseñáramos, y pasamos unos minutos viéndolos hasta el fondo.

Por último, de la estancia en La Alameda, ¿qué es lo que más te aportó?

Eran, para todos los que vivíamos allí, años claves en nuestra vida, años de estudio, de trabajo intelectual y de maduración en nuestra personalidad. La posibilidad de hacerlo en un ambiente profundo y rico nos daba la oportunidad de crecer y madurar en un clima cultural amplio, con horizontes muy variados, con un exigente sentido del respeto y de la libertad, algo poco común en aquellos años.

 

Antiguos Colegiales / Jornada de Antiguos