La Universidad como búsqueda de la Verdad universal


Ponencia pronunciada por Jesús Ballesteros Llompart, Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.
La ponencia tuvo lugar en el Salón de Actos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, el 31 de enero de 2002, en el marco de la Jornada El sentido del trabajo universitario, organizada por el Colegio Mayor de La Alameda con motivo del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá. La mesa redonda en la que intervino tenía como título Formación universitaria: retos éticos de la Universidad actual.
Como la Jornada se celebró antes de la canonización de San Josemaría Escrivá, hemos cambiado las referencias al Beato del texto original.


De las tres tareas asignadas generalmente a la Universidad: la investigación, la docencia y la formación integral de sus miembros, ésta parece la más olvidada en la actualidad. Para que la Universidad sea el lugar adecuado para la cultura, como cultivo del espíritu, se requieren dos requisitos, que se busque la verdad sin parcelaciones ni reduccionismos, y que se busque la verdad desinteresadamente. Estas dos dimensiones han podido quedar oscurecidas por un largo proceso histórico.

La tarea universitaria de búsqueda de la verdad universal, una verdad que debe orientar el sentido y el fin de la existencia, aparece hoy dificultada -a mi juicio-, por dos corrientes de pensamiento. Por un lado, la mentalidad tecnocrática, que niega una verdad que transcienda los datos empíricos y, por otro, el relativismo cultural, que considera insuperable la disparidad de planteamientos éticos en función de las diferentes culturas. Las enseñanzas de San Josemaría Escrivá suponen un importante estimulo para la superación de ambos reduccionismos. Hablaremos brevísimamente del primer reduccionismo.

A.- El cientificismo, base de la tecnocracia -que nada tiene que ver con la verdadera ciencia, sino con la reducción de la verdad a la ciencia- erradica todo respeto a lo real, incluso al hombre mismo, al dejarse llevar por la lógica del dominio y de la manipulación, que pone como fin último la consecución del lucro económico. Frente a ello, San Josemaría destacó la primacía de la ética sobre la técnica afirmando que: "nuestra época necesita devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares, su noble y original sentido" [San Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Homilía: Amar al mundo apasionadamente, Madrid 2000, Rialp, p. 235]. Y "el secreto para dar relieve (sentido) a lo más humilde, aun a lo más humillante, es amar" [Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, Madrid 2000, Rialp, n. 418], advirtiendo que hay "algo santo, divino, escondido en las situaciones más ordinarias que toca a cada uno de vosotros descubrir" [Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Homilía: Amar al mundo apasionadamente, o.c., p. 236]. Se recupera así la dimensión contemplativa del pensamiento frente a la reducción del conocimiento al saber instrumental y técnico.

Frente a la lógica del éxito a cualquier precio, relacionada con el economicismo, que acompaña al cientificismo, San Josemaría Escrivá subrayó la importancia de aceptar el fracaso; como puede leerse en Camino (n. 658): "Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios, que pone el incremento.- ¿ Salen mal?. - Alegrémonos bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz" [Camino n. 658].

B.- Frente al segundo obstáculo, el relativismo cultural, que implica la imposibilidad de alcanzar la verdad, San Josemaría recordaba en un discurso de investidura de doctores honoris causa por la Universidad de Navarra (7 de octubre de 1972) que "la Universidad debe contribuir con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres". Este suprimir barreras va unido a la defensa de la dignidad de todos los seres humanos en cuanto todos somos Hijos de Dios. El pensamiento de San Josemaría Escrivá —reflejo fidelísimo de su vida— es nítidamente cristocéntrico. Al colocar a Cristo en el centro de todas las actividades humanas, subraya con énfasis la igual dignidad de todos los seres humanos.

No sólo son por tanto dignos los "excelentes" en virtud o sabiduría, como pensaba el estoicismo o los conscientes y libres, como proponía la Ilustración, abocando a un personalismo, en el que no todos los seres humanos son vistos como personas.

El énfasis puesto por San Josemaría en la igual dignidad no sólo supera todo reduccionismo personalista, implica también una radical oposición a todo fundamentalismo. El fundamentalismo procede de la confusión entre religión y política, a través de una interpretación monolítica y clerical del mensaje religioso y que en el ámbito cristiano buscaría extender los dogmas a campos que la Iglesia ha dejado a la libre discusión de los seres humanos, trayendo como consecuencia la negación de la autonomía de los asuntos temporales, y con ella, de la verdadera laicidad. “Nada más lejos de la fe cristiana que el fanatismo con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo espiritual, sean del signo que sean. Ese peligro no existe si la lucha [ascética] se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno consigo mismo, como esfuerzo por servir a todos los hombres” [San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Madrid 2000, Rialp, n. 74].

La universalidad del respeto a todo ser humano aparece reafirmada en la constante referencia a esa palabra, “todos”, omnipresente en su obra. “Una de las maravillas de Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer, es que el Señor ha venido a traer la paz en la Tierra a todos los hombres (Act II, 11). ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres !, ¡a todos los hombres, a todos los hermanos. No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios” [Es Cristo que pasa, n. 13].

La dignidad humana exige el reconocimiento de los derechos, tal como los enuncia San Josemaría en un punto de Amigos de Dios: “Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y a amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia —si es recta— descubrirá las huellas del Creador en todas las cosas”.

Pero al propio tiempo, destaca, explicitando la esencia misma del mensaje cristiano, que la dignidad humana exige mucho más que la justicia: “cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios”. Pide donación de si mismo y perdón.

La universalidad en el respeto a la igual dignidad de todos los seres humanos va coherentemente unida al rechazo del relativismo, del falso ecumenismo. Se ha recordado recientemente que "la falacia del relativismo consiste en que transpone indebidamente la virtud de la modestia y de la tolerancia del ámbito personal al ámbito de las ideas. Un hombre humilde no debería considerarse superior a otro y un hombre tolerante debería soportar pacientemente los defectos del prójimo. Pero la humildad no se puede aplicar a las ideas, como si no hubiera unas mejores que otras, ni la tolerancia puede consistir en una aceptación de lo que es realmente erróneo”[Inteligencia y afecto. Notas para una ‘paideia’ cristiana. Universidad Católica de Murcia, pág. 25]. Esta profunda verdad ya había sido señalada por San Josemaría en sus escritos, al señalar que la transigencia, el irenismo, el ceder ante el error en cuestiones esenciales, constituye un falso ecumenismo (cfr. Surco, n.359 y ss). Pero conviene dejar bien claro que lo que con expresión valiente designó como santa intransigencia, nada tiene que ver con la intolerancia. La intransigencia es fortaleza, que no se deja coaccionar o atemorizar por el qué dirán (cfr. Camino, n. 390), impidiendo que la verdad sea proclamada (cfr. Surco, n. 600). La etimología castellana de la palabra intransigencia supone precisamente, según el Diccionario de la Real Academia Española: “la negativa a todo trato o transacción cuyo término resulte vil o deshonroso para la persona, o la verdad. La intransigencia va dirigida —ante todo y sobre todo— hacia los propios defectos (cfr. Camino, n. 198) y, al mismo tiempo, es comprensión para los errores ajenos (cfr. Surco, n. 600). Exige relativizar la propia opinión, que constituye un elemento esencial para “aprender a reírse de uno mismo”, clave del sentido del humor y una de las consecuencias no secundarias del humanismo cristiano. San Josemaría solía decir que “no había visto tonto más grande que un listo soberbio”. Es esta una afirmación que vale en todos los ámbitos y no en último lugar en la Universidad.

A San Josemaría le gustaba citar unos versos de Machado "Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas ", que relacionaba con el núcleo central de su pensamiento de "convertir en endecasílabos la prosa de cada día", es decir, de santificar la vida cotidiana. Es seguro que estaría también de acuerdo con estos otros estupendos versos del poeta de Castilla : "Tu verdad no, la verdad y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela" o "Busca tu complementario, que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario". De hecho, animó siempre a todos los cristianos a ir codo con codo con aquellos que pensaban de otro modo, para llevar a cabo tareas de promoción social, entre ellas, la creación de Universidades en diversas partes del mundo, de acuerdo con su lema de que es necesario siempre sumar, y no restar, los esfuerzos humanos a favor de un mundo más justo y más humano.

 


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