"Incorporé a mi horario la Misa del domingo"


  Silvia Mas
Lérida, España

Silvia Mas es filóloga y toca la flauta travesera. Iba siempre corriendo a todas partes, hasta que se preguntó: “¿Qué espero de la vida?. Mis aspiraciones me parecieron muy pobres cuando oí que san Josemaría decía que la gente que anda por la calle puede ser santa”. Para empezar, comenzó a ir a Misa y luego...

“Gracias al ejemplo de generosidad y optimismo que encontré en los escritos de monseñor Escrivá mi vida dio un giro radical. Tenía poco más de dieciséis años. Llevaba un ritmo agitado en una ciudad de provincia: en diez minutos llegaba al Instituto, en trece al Conservatorio, en un cuarto de hora a los ensayos de coro; estudiaba bachillerato y flauta; siempre miraba el reloj para llegar de un sitio a otro y cronometrar mis pasos para que rindieran al máximo.

Desde que había conocido las enseñanzas de san Josemaría había incorporado al horario la Misa del domingo. Aquel verano había aprendido además a rezar el rosario. Dios me importaba, y me dolía que hubiera gente que lo ignorase, por eso hablaba de Él a mis compañeros de clase.

Un día, una pregunta no cayó en el vacío: ¿qué esperaba de la vida? No tuve respuesta: me movía mucho, pero no sabía hacia dónde. Llenaba los días de cosas interesantes, pero al fin y al cabo, interesantes para mí... ¿Qué esperaba de tantas idas y venidas? Mis aspiraciones me parecieron muy pobres cuando oí que monseñor Escrivá decía que la gente que anda por la calle puede ser santa.

En ese momento, la idea de la santidad me deslumbró, me pareció un reto por el cual vivir, pero pensaba que ya llegaría, más adelante, el momento de ponerlo en práctica. Por entonces tenía otros planes, y sobre todo, el problema de siempre: falta de tiempo...

Aquella pregunta me marcó profundamente: no tenía una respuesta en absoluto convincente. Sin duda, había que dar un frenazo y cambiar el rumbo. No podía correr sin dirección cuando en el fondo del alma notaba que Dios estaba diciéndome que mi tiempo era de Él y para Él. Tenía por delante toda la vida y me llenó de ilusión poder hacer un regalo a Dios: poner por completo en sus manos mi existencia. Veinticuatro horas del día, corazón, imaginación, inteligencia, capacidad de trabajo y todas las energías –las mismas con que corría por las calles de mi ciudad–, a su servicio en el Opus Dei.

Descubrí la verdad de lo que dice Camino: El Amor... ¡bien vale un amor!, y empecé la aventura de poner a Cristo en lo más central de mi vida. Dios quiere amigos íntimos en quienes confiar a todas horas... No se trata de cambiar de actividades –me sigue gustando la velocidad...– sino de vivirlas con la intensidad que viene de la intimidad con Dios, y de vibrar por decir a quien tengo alrededor que vivir así llena la existencia de auténtica felicidad”.









 

 



 


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