San Josemaría y el quehacer universitario


Conferencia pronunciada por Alejandro Llano Cifuentes, antiguo director de La Alameda y Catedrático de Metafísica en la Universidad de Navarra, de la que fue Rector Magnífico.
La conferencia tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad Politécnica de Valencia, el 31 de enero de 2002, en el marco de la Jornada El sentido del trabajo universitario, organizada por el Colegio Mayor de La Alameda con motivo del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá.
Como la Jornada se celebró antes de la canonización de San Josemaría Escrivá, hemos cambiado las referencias al Beato del texto original.


Hablar de San Josemaría Escrivá en Valencia, equivale a recordar los primeros pasos de la difusión por todo el mundo de un mensaje dirigido a todo tipo de personas, y de una manera peculiar a los universitarios.

Valencia fue, junto con París, la cuidad elegida por Josemaría Escrivá para dar el primer salto fuera de un Madrid que conoció las luces y las sombras de la gestación de ese proyecto sobrenatural que Dios había puesto en su cabeza y en su corazón el 2 de Octubre de 1928: el Opus Dei.

Después, la II Guerra Mundial impidió llevar a la práctica inmediatamente el traslado a París, y Valencia se convirtió, especialmente tras la guerra civil española, en una fuente de vocaciones para la Obra, surgidas especialmente entre los universitarios: D. Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Rafael Calvo Seres, Ismael y Florencio Sánchez Bella, Federico Suárez Verdeguer y tantos otros. Fue también nuestra ciudad lugar donde Josemaría veía a tomar respiro de las contradicciones que en Madrid le acechaban a toda hora y que el Señor querría que le acompañaran durante toda la vida, como resultado de una santidad manifiesta y hoy ya públicamente reconocida.

La última relación de la labor de la Obra en Valencia con la vida universitaria se comprueba también porque aquí nació la primera obra corporativa del Opus Dei en el mundo, que era precisamente una Residencia Universitaria: La Residencia de Samaniego, surgida en 1940, y que hoy lleva el nombre de Colegio Mayor Alameda.

Al pensar en la suerte y el destino de la institución universitaria, no es extraño que venga a la memoria el nombre de Etienne Wilson, quien tan profundamente estudió el pensamiento filosófico y teológico surgido en el origen mismo de las universidades europeas.

Parafraseando lo que el gran medievalista escribió sobre la suerte histórica de la filosofía, podríamos decir que la Universidad entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix. El discurso sobre la "crisis de la Universidad" ha sido, durante décadas, uno de los lugares comunes de la discusión acerca de la situación de la educación y la cultura en el siglo XX. Ni siquiera han faltado propuestas concretas para sustituir la unidad de la Universidad por la dispersión de una especie de “multiversity", o los edificios y el césped del campus por el espacio electrónico de las redes de computadores y los bancos de datos. Casi nadie cree ya en esas utopías tecnocráticas. Una vez más, la Universidad se ha vuelto a revelar como un instrumento socialmente imprescindible. Pero esta aparente victoria no ofrece motivos serios para el optimismo: todo lo contrario.

Heidegger solía citar el lúcido verso de Hölderlin: "Donde está el peligro, allí surge también la salvación" (Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch). Ahora bien, cuando el peligro no comparece, cuando uno se cree a salvo, la necesidad de salvación permanece oculta: donde no hay peligro, tampoco hay salvación. Y esto es quizá lo que sucede en la Universidad actual. Resulta muy significativo que los recientes diagnósticos de autores como Bloom y MacIntyre, en los que se denuncian las ilusiones residuales de la educación liberal e ilustrada, apenas hayan encontrado eco en los ambientes académicos, dominados por el activismo y la trivialidad (LOU).

Como ha dicho el filósofo alemán Robert Spaemann, la utopía está muerta, más muerta que -desde el Gott ist tot de Nietzsche- lo estuviera nunca Dios. Pero ¿qué resta cuando lo que sustituía a la religión se revela como ilusorio? O bien la vuelta al origen, el retorno a Dios, o bien una radical anti-utopía que niega cualquier dimensión trascendental del pensamiento humano. El Profesor americano Richard Rorty ha dibujado esta anti-utopía: es el sueño de una sociedad liberal, en la cual han desaparecido todas las exigencias absolutas del conocimiento, la religión y la ética, en la cual sólo se consideran como verdaderos el placer y el dolor; no debemos tomarnos ya nada en serio; queremos sentirnos bien, y eso es todo. El lugar del nihilismo heroico de Nietzsche lo ha ocupado el nihilismo banal. El nihilismo banal se llama a sí mismo "liberal" y a sus adversarios "fundamentalistas". Para este nihilismo light, libertad significa multiplicación de las posibilidades de opción (choice). Pero no deja emerger ninguna opción por la que valga la pena renunciar a todas las demás. Ya no hay lugar para el tesoro escondido en el campo, por el cual vende todo quien lo encuentra.

El relativismo escéptico de la cultura dominante no sólo implica la muerte espiritual del alma, sino también de toda cultura vital, sin la cual la Universidad misma acaba por responder a la fúnebre descripción que de ella hiciera Ortega y Gasset: "Cosa triste, inerte, opaca, casi sin vida". La Universidad que, desde hace ocho siglos, ha sido capaz de responder a los desafíos provenientes del exterior, se muestra ahora inerme ante la amenaza que brota de ella misma y que la está vaciando de su propio contenido. Estamos ante el fenómeno que los sociólogos actuales denominan "implosión", es decir, explosión seca, hacia dentro, producida por un interno vacío. No se trata de un problema funcional; se trata de una decisiva encrucijada institucional. Lo que le sobra a la Universidad es organización; lo que le falta es vida. Lo que necesita es, con palabras de Karl Jaspers, "esa fuerza espiritual básica, sin la cual son inútiles todas las reformas de la Universidad".

No nos faltan hoy serios motivos para pensar que esta energía espiritual de fondo no se puede reducir a un humanismo etéreo y sincrético. Como decía el Fundador de la Universidad de Navarra, Josemaría Escrivá, "La Universidad sabe que la objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esta rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública" (Discurso Académico, Pamplona, 9 de mayo, 1974). La presunta neutralidad está resultando una ficción inhabitable, porque acaba desembocando en la intolerancia y el fanatismo. Por su parte, el "pensamiento débil" (pensiero débole), sustitutivo postmoderno de la objetividad ilustrada, constituye la expresión cultural de un permisivismo en el cual lo que se permite es precisamente el dominio de los débiles por parte de los fuertes, de los pobres por los ricos. "Salvarán este mundo nuestro (...) -añadía Escrivá en el mismo discurso universitario- no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y para la conducta. Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio" (Ibid. ).

Estamos apuntando al núcleo profundo que confiere unidad y universalidad a esa comunidad de investigación y aprendizaje que era -que todavía podría ser -la Universitas Studiorum, la Universitas Magistrorum et Alumnorum. El Papa Juan Pablo II, con su insólita radicalidad, señaló ese núcleo cuando, hace ya años, mantuvo ante los estudiantes de Coimbra que la Universidad es esencialmente un ámbito de libertad para la "manifestación de los hijos de Dios". La filiación divina es el misterio que nos libera de la vanidad y de la dispersión: el amor paternal de Dios abre la única posibilidad real de que los seres humanos se amen los unos a los otros, y susciten así una cultura innovadora. "El vínculo del Evangelio con el hombre -dijo Juan Pablo II en la Universidad Complutense de Madrid- es creador de cultura en su mismo fundamento, ya que enseña a amar al hombre en su humanidad, y en su dignidad excepcional. La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida".

La fe se hace cultura porque enseña a amar al hombre en su concreta humanidad, en esa unidad vital que está hecha de materia y de espíritu, de intimidad y trascendencia, de singularidad irrepetible y de apertura a lo universal. No es un acontecimiento histórico contingente el hecho de que la Universidad sea una institución original y originariamente cristiana. Como tampoco lo es la realidad de que la misma idea de Universidad se oscurece y debilita cuando se olvidan sus raíces cristianas.

Ya en el primer tercio de este siglo, Max Weber nos ofreció la crónica anticipada de esa unidad perdida. Disipada la fe en el único Dios verdadero, lo que queda es un "politeísmo de los valores", un Olimpo neopagano, del que parten solicitaciones contrapuestas. El hombre contemporáneo se encuentra internamente desgarrado por una multiplicidad de lealtades incompatibles entre sí que, en su ruidosa carencia de armonía, sólo coinciden en excluir la fidelidad indivisible al unum necesarium. Cada uno de nosotros experimenta en su propia carne esas "vivencias de discontinuidad", que le obligan a cambiar de disfraz varias veces al día. La ha vuelto a adquirir su etimológico significado de "máscara", de manera que en un solo sujeto cohabitan varias personas, sin que sea fácil identificarse con ninguna de ellas. ¿Qué somos: miembros de una familia, profesionales, ciudadanos, creyentes, o simplemente payasos? Todo eso y nada de eso. Max Weber lo anunció: el desencantamiento del mundo por la ciencia, la modernización salvaje, habría de conducir a la producción de un tipo de hombres que serían "especialistas sin alma, vividores sin corazón". Ya están por todas partes. Como también se ha hecho persuasiva la "falta de sentido" que, según el sociólogo alemán, sería el precio que habría que pagar por la generalizada sustitución de las convicciones por la convenciones.

Se ha producido una "nueva complejidad" que no consiste sólo en el aumento de las complicaciones que acompañan desde siempre a la vida humana. También ahora es verdad lo que decía T. S. Eliot de todos nosotros: "Human kind cannot suport too much reality". Pero lo que ahora acontece es que la "nueva complejidad" no procede de un exceso de realidad sino de un vacío de ser. La proliferación de la anomia y de los efectos perversos, que provoca en nosotros un estado de perplejidad, tiene su causa en la separación entre las estructuras políticas y económicas, por una parte, y la vida real y concreta de los individuos, por otra. Lo que los sociólogos llaman "tecnoestructura" o "tecnosistema" -el entramado del mercado, el Estado, y los mass media- ofrece un aspecto de lo unreal, en el sentido de Newmann: el hombre de la calle ya no es capaz de reconocerse en esas configuraciones poderosas y fantasmales.

Como dice la boutade postmoderna, "la nostalgia ya no es lo que era". La Universidad actual no puede refugiarse en el "ghetto" de una simplicidad bucólica que tal vez nunca existió y que ahora es sencillamente imposible. (Al torero español Juan Belmonte se debe este inapelable teorema de lógica modal: "Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible"). La Universidad, si aún desea seguir siendo ella misma, se encuentra hoy ante el desafío de comprender esa "nueva complejidad", gestionarla, y convertirla en una complejidad que ya no sea "perversa" sino humana.

Tal reducción y transformación de la complejidad no se puede realizar con los recursos de conocimiento y acción provenientes de la propia tecnoestructura. Es preciso redescubrir una fuente de sentido olvidada, previa a todas nuestras construcciones e interpretaciones. Ese "suplemento de alma" está siempre ya dado. Es lo que, utilizando la terminología fenomenológica, podríamos llamar "mundo de la vida" (Lebenswelt). La fuente originaria de sentido, sumergida bajo las densas capas de la complejidad perversa, no es otra que la unidad de la vida humana: la unidad de las personas en su concreta humanidad, cuya naturaleza social exige su integración en comunidades abarcables, a escala humana, entre las que figura en primer lugar la familia y la escuela.

La solución que la Universidad puede aportar a una sociedad desorientada no reside primariamente en el recurso a esa abstracción que se llama "cambio de estructuras". La verdadera solución se halla "en medio de la calle", en la inmediata realidad de la vida de los hombres, en sus modos de vivir y de trabajar, y -más radicalmente aún- en la referencia unitaria de la pluralidad de los asuntos humanos al Dios vivo y próximo. En una Homilía pronunciada al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra, Josemaría Escrivá repetía a estudiantes y profesores "que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino(...): o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo" (Homilía, 8 de octubre, 1967. Conversaciones, n. 114).

La filosofía de la creación y la teología de la gracia se aúnan sin confusión para conferir a la idea de Universidad una tremenda energía transformadora en este inicio de milenio. La dispersión y la banalidad se superan cuando recordamos que el Espíritu Santo es -como decía Tomás de Aquino- "el regalo primordial". Más íntima a mí que yo mismo, según la expresión agustiniana, esa luz de la Sabiduría increada ilumina todas las realidades creadas, incitándonos a avanzar en el desvelamiento del ser de las cosas. Porque hay un algo trascendental, un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (Cf. Conversaciones, n. 114).

La Universidad se convierte en una apasionante aventura del espíritu cuando se entiende como una comunidad vital, en la que profesores y estudiantes se asocian libremente en el empeño por detectar esos brillos humanos y divinos que reverberan en las realidades del mundo y de la sociedad (Cf. Conversaciones, n. 119). Se abre así de nuevo la posibilidad de que sea la institución que realice una síntesis de los saberes y una armonización de las formas de vida.

"Donde esta el peligro, allí surge también la salvación". El trabajo humano, que ha sido el foco de las utopías colectivistas y es ahora el cauce de las anti-utopías individualistas, se ennoblece al convertirse en medio para completar la obra creadora, para servir a todos los hombres, especialmente a los más necesitados, y para buscar el propio perfeccionamiento, la santidad personal. Se trata de un planteamiento trascendente e inmanente a la vez, que rompe, desde dentro y por elevación, los círculos cerrados de esa dialéctica negativa que lleva a las ideologías modernas a un punto muerto. Es un programa radicalmente anti-dialéctico, que apuesta por una profundización en el misterio del ser y por una conciliación analógica de las diversas dimensiones de la realidad. Es así como se puede diseñar una nueva cultura de vida, que se opone audazmente a la vieja cultura de muerte, según las pregnantes expresiones de Juan Pablo II.

La escisión irreconciliable es semilla de muerte. La unidad armónica es raíz de vida. Y la esencia de la Universidad consiste en la convicción de que esa unidad orgánica es posible, de que existe una articulación necesaria entre verdad y unidad que puede ser desvelada por la más alta actividad humana, por la teoría o contemplación serena de la realidad. En cambio, la contraposición entre espíritu y materia, entre verdad y eficacia, entre educación humanística y capacitación profesional, es la herida no restañada por la que se desangra el ideal universitario.

Sólo el amor funde sin confundir, mantiene a la vez la alteridad y la identidad, logra la unidad de lo plural. Por eso estamos presenciando el fracaso de los programas académicos ilustrados: porque pretenden articular los saberes en el plano de una fría objetividad, presuntamente neutral, que margina el amor a la verdad. La contraposición entre amor y conocimiento, como si fueran respectivamente lo irracional y lo racional, es una perversión dialéctica, que acaba por reducir el amor a deseo físico y el conocimiento a esa trivial curiosidad que se enmascara bajo el optimismo desesperanzado de la erudición sin finalidad. Cuando, en rigor, el amor es la fuente de todo saber y la íntima energía que alimenta a una comunidad de investigación y enseñanza. No cabe hablar de Universidad donde la indagación y transmisión del conocimiento no se fundamenta en el amor apasionado al mundo y a nuestros hermanos los hombres, en cuya faz brilla el esplendor del Amor subsistente. "No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes. Ya el humanismo helénico -añadía San Josemaría- fue consciente de esta riqueza de matices. Pero cuando -llegada la plenitud de los tiempos- Cristo iluminó para siempre las arcanas lejanías de nuestro destino eterno, quedó establecido un orden humano y divino a la vez, en cuyo servicio tiene la Universidad su máxima grandeza" (Josemaría Escrivá, Discurso Académico, Pamplona, 28 de noviembre, 1964).

La base firme de esta formación integral es una preparación intelectual sólida y abierta, que se desglosa en un texto escrito hace años por el Fundador de la Universidad de Navarra: "Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo alguna características:

- amplitud de horizontes, y un profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

- afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia;

- una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

- y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida" (Surco, n. 428).

Ciertamente, "la Universidad -piensa Escrivá de Balaguer- vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro incierto, a promover -con el amor a la verdad, a la justicia y a la libertad- la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones" (Josemaría Escrivá, Discurso Académico, Pamplona, 7 de octubre, 1972).

Las grandes conmociones sociales y culturales que estamos viviendo estos últimos años vuelven a prestar una sorprendente actualidad a estos principios del espíritu universitario. Como en otros momentos cruciales de su ya larga historia, la institución universitaria debe redescubrir en nuestro tiempo el papel decisivo que le corresponde en la orientación de esos cambios tan hondos. Porque es esa memoria histórica la que nos dice que dejarse llevar por la corriente de los acontecimientos externos equivale siempre a la decadencia de la Universidad; mientras que su florecimiento sólo acaece cuando acierta a estar "en el origen mismo de los cambios".

Cabe adivinar la mutación que ahora se anuncia como el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento. La quiebra de la interpretación materialista de la historia no sólo se ha hecho patente en los acontecimientos del la Europa del Este, sino que ya se venía evidenciando en la "revolución silenciosa" que está cambiando nuestro modo de trabajar y de pensar. Hoy ya sabemos que la verdadera riqueza de los pueblos no estriba primariamente en su capacidad de transformar la materia. Nuestro principal recurso consiste ahora en la potencialidad para generar nuevos conocimientos, y en la agilidad y versatilidad para procesar y transmitir la información.

Claro aparece que, en una situación de esta traza, las demandas que se hagan a la Universidad serán tan perentorias como arduas de responder. Para estar a la altura de tales circunstancias históricas, para ser capaces de gestionar el cambio con originalidad y eficacia, la propia mentalidad de los universitarios habrá de experimentar también una significativa innovación. Pero lo más interesante de este reto estriba en que el progreso que se nos está pidiendo es un avance hacia nosotros mismos, un nuevo encuentro con la genuina tradición de la Universitas Studiorum. La nueva sensibilidad cultural, así como el impresionante despliegue de la ciencia y la tecnología en las últimas décadas, han roto los compartimentos estancos de las disciplinas convencionales, y están clamando por una nueva articulación de los conocimientos que vuelva a radicar la pluralidad de saberes en la unidad de un horizonte humano con verdadero sentido.

La interdisciplinariedad ha dejado de ser un lema decorativo, una especie de lugar común en el discurso universitario. La interdisiciplinariedad es hoy una exigencia indeclinable, porque los problemas reales a los que la Universidad debe buscar solución abarcan siempre diversos campos científicos y no pueden quedar atrapados por la red de un sistema organizativo rígido.

La propia gestión interna de las universidades ha de adecuarse a esa dinámica de cooperación interfacultativa. Además de generosidad y altura de miras, la nueva situación requiere unos procedimientos operativos que la Universidad puede encontrar también en su propio seno, en las ciencias que tratan de la acción humana.

Pero, como antes apuntaba, el cambio del modelo organizativo sería superficial, e incluso ineficaz, si no se fundamentara en el cambio del paradigma epistemológico y ético. Como ha señalado el Profesor MacIntyre, se trata de pasar del modelo de la certeza al modelo de la verdad.

De acuerdo con el modelo de la certeza, no hay hondura de realidad, no hay misterio alguno en el ser de las cosas, sólo hay problemas que pueden llegar a resolverse con una adecuada metodología. Las objetividades están ahí, disponibles para todo el que las tematice con el método adecuado. Un buen método nos abre al espectáculo de las regularidades objetivas un mundo accesible con independencia del temple ético personal, de la comunidad en la que habitamos, de la historia que vivimos. Este planteamiento ha conducido a un callejón sin salida, a una situación de ficciones generalizadas en el lenguaje científico y ético, a una profunda desmoralización en amplios sectores de la sociedad. Pienso que ya es tiempo de pasar del paradigma de la certeza al paradigma de la verdad.

De acuerdo con el paradigma de la verdad, el saber teórico y práctico tiene mucho de "oficio", de craft de artesanía casi: tal es el sentido clásico del término "sabio". Para llegar a saber, es preciso integrarse en una comunidad de aprendizaje, que tiene su dinámica de tradición y progreso, que establece normas a las que se vinculan libremente sus miembros, que fomenta virtudes intelectuales y éticas sin las cuales todo avance en el conocimiento es superficial e ilusorio. El acceso a la verdad requiere una severa preparación, valores compartidos y autodisciplina; lo mismo que el recto ejercicio de la libertad, al que está estrechamente vinculada.

Amar libremente la verdad: este es el meollo de la vida universitaria. Vida que sólo es posible en una comunidad intelectual y ética. Comunidad de saber que es preciso rehacer de continuo, con una creatividad que ningún método encierra o agota.

La Universidad recoge las vitalidades que se estrenan en la vertiente nueva de la juventud, las templa en los hábitos teóricos y prácticos, y las lanza a las tareas directivas de la vida social. Una enseñanza de calidad es mucho más que la transferencia de un conocimiento decantado, mucho más que una pura transmisión de información. A la vista del actual panorama educativo en casi todo el mundo, podríamos preguntarnos con T.S. Eliot:

Where is wisdom we have lost in knowledge?
Where is knowledge we have lost in information? (Coros de The Rock).

Una enseñanza de calidad es la forja ética y científica de personalidades maduras y libres, que crecen junto a sus profesores y compañeros en un ambiente fértil, en un clima de convivencia culta, de responsabilidad cívica y de promoción de la justicia social. Una buena enseñanza superior está hecha de aprendizaje de contenidos sólidos, pero también de incorporación de metodologías innovadoras, de adquisición de estilos relacionales y de incremento de la capacidad creativa.

Las tres metas institucionales que San Josemaría adscribe a la Universidad son la elaboración de la síntesis de los saberes, la formación armónica de los estudiantes, y el servicio al entorno social. Tales finalidades presentan ahora, en el claroscuro de este de siglo, una renovada actualidad. Hoy es necesario y posible intentar que el humanismo de raíz clásica se dé la mano con la ciencia más avanzada y con la tecnología de vanguardia. Cabe empeñarse en la formación de profesionales que sean eficaces, precisamente porque tienen una visión unitaria y global de la realidad, porque son personas cultas. Mientras que servir a la sociedad no equivale a sucumbir ante las rutinas del pragmatismo, sino que implica la audaz anticipación de un futuro más justo.

La fecundidad de la tarea académica adquiere perspectivas trascendentes, cuando -en un clima de diálogo y libertad- se inspira en los valores cristianos presentes en la original idea de Universidad. La Fe es iluminación y acicate, en modo alguno constricción o barrera, cuando sé comprende que el cristianismo es vida liberada por Cristo, existencia redimida de la vanidad y la dispersión. Como dijo en una ocasión la Profesora Elizabeth Anscombe, lo decisivo en una Universidad es si en ella se sabe que Dios es la verdad.

La virtualidad que para la vida universitaria tiene el espíritu del Fundador del Opus Dei dista mucho de ser circunstancial o casual. Porque en su misma entraña, en su inspiración central, se halla la unidad de las variaciones de la vida, la síntesis de lo que parece disperso, la conciliación de lo superficialmente opuesto. La radical tensión hacia Dios de toda esa abigarrada pluralidad que constituye el mundo cotidiano confiere una referencia unitaria a las más diversas circunstancias y tesituras de la vida humana. El ideal de conjunción y universalidad que es la esencia de todo proyecto universitario ha encontrado en el paradigma de la unidad de vida, propuesto por San Josemaría Escrivá, un camino andadero que está permitiendo la renovación de la idea universitaria en una época de perplejidades y contradicciones.

La respuesta de San Josemaría a una situación histórica terminal y compleja sorprende por su inmediatez y simplicidad. Le desmarca con elegancia de las disquisiciones intelectualizadas. Deja al margen los discursos parasitarios que habita el enrarecido clima de la crítica y de la crisis. Abandona con toda naturalidad las reflexiones secundarias de quienes se ocupan de pensar acerca de lo ya pensado. A él le gustaba “meter los clavos por la punta”(Camino, n. 845). Va así derecho, con la sencillez y certidumbre del que sabe algo como si lo estuviera viendo, al núcleo de la cuestión. Y propone una solución que asombra por su actualidad y pertinencia, por su poderoso aliento, por su riqueza de niveles y de matices: una solución que no parte inicialmente de las condiciones históricas iniciales, sino que las recoge y las transforma en una síntesis innovadora.

Al recibir el Fundador del Opus Dei la gracia extraordinaria con la que Dios le hizo ver su querer divino, la fidelidad a esa gracia y su lucidez intelectual le llevan a descubrir intuitivamente de modo certero y penetrante, que las vías de salida de una situación social aporética se encuentran en la vida cotidiana, con su multiplicidad de pequeñas realidades, y sobre todo en la unitaria versión de esa raíz vital y de su plural despliegue a Dios nuestro Padre. De ahí que su espíritu y su doctrina contengan una respuesta a las angustias de este tiempo nuestro y, a su vez, un mensaje válido para todo tiempo. De ahí, también, que aporten las líneas maestras de un replanteamiento a fondo de lo que ha de ser esa institución unificadora de los saberes y de las formas de vida a la que llamamos Universidad.

La propuesta de hacer de la santificación del trabajo ordinario el norte del existir cristiano en medio del mundo es un programa trascendental que supera las antítesis irreconciliables del pensamiento antropocéntrico. Bellamente lo expuso, una mañana de octubre, en ese ya aludido discurso pronunciado en la Universidad de Navarra que se conoce entre estudiantes y profesores como “la Homilía del campus”: “Os aseguro (...) que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa diaria. En la línea del horizonte (...) parecen unirse el cielo y la tierra. Pero donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”.

El Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra enseñó estas verdades esenciales con la doctrina profunda y, ante todo, con su vida heroica. Por todas partes, en discursos universitarios, en homilías y en tertulias inolvidables, mostró cómo la eficacia se concilia con la misericordia, la exigencia con la comprensión, la libertad con la entrega, el buen humor con la seriedad, la preocupación por los más grandes problemas de la vida con el cuidado de los más menudos detalles. Y lo hizo como “juglar a lo divino”, sin rancias pretensiones académicas, a cuerpo limpio, con la fe por delante, con una alegría y afecto que hacían saltar rigideces y frialdades.

A través de la figura amable del sacerdote santo, aparecía el hombre sabio, el gran universitario capaz de galvanizar entusiasmos investigadores y docentes en torno a unos valores perennes e inconfundiblemente actuales.

 


La Alameda y el Opus Dei / Documentación