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Conferencia pronunciada por Alejandro
Llano Cifuentes, antiguo director de La Alameda
y Catedrático de Metafísica en la Universidad
de Navarra, de la que fue Rector Magnífico.
La conferencia tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad
Politécnica de Valencia, el 31 de enero de 2002,
en el marco de la Jornada El sentido del trabajo universitario,
organizada por el Colegio Mayor de La Alameda con motivo
del centenario del nacimiento de San Josemaría
Escrivá.
Como la Jornada se celebró antes de la canonización
de San Josemaría Escrivá, hemos cambiado
las referencias al Beato del texto original.
Hablar de San Josemaría Escrivá en Valencia,
equivale a recordar los primeros pasos de la difusión
por todo el mundo de un mensaje dirigido a todo tipo
de personas, y de una manera peculiar a los universitarios.
Valencia fue, junto con París, la cuidad elegida
por Josemaría Escrivá para dar el primer
salto fuera de un Madrid que conoció las luces
y las sombras de la gestación de ese proyecto
sobrenatural que Dios había puesto en su cabeza
y en su corazón el 2 de Octubre de 1928: el Opus
Dei.
Después, la II Guerra Mundial impidió
llevar a la práctica inmediatamente el traslado
a París, y Valencia se convirtió, especialmente
tras la guerra civil española, en una fuente
de vocaciones para la Obra, surgidas especialmente entre
los universitarios: D. Amadeo de Fuenmayor, José
Manuel Casas Torres, Rafael Calvo Seres, Ismael y Florencio
Sánchez Bella, Federico Suárez Verdeguer
y tantos otros. Fue también nuestra ciudad lugar
donde Josemaría veía a tomar respiro de
las contradicciones que en Madrid le acechaban a toda
hora y que el Señor querría que le acompañaran
durante toda la vida, como resultado de una santidad
manifiesta y hoy ya públicamente reconocida.
La última relación de la labor de la
Obra en Valencia con la vida universitaria se comprueba
también porque aquí nació la primera
obra corporativa del Opus Dei en el mundo, que era precisamente
una Residencia Universitaria: La Residencia de Samaniego,
surgida en 1940, y que hoy lleva el nombre de Colegio
Mayor Alameda.
Al pensar en la suerte y el destino de la institución
universitaria, no es extraño que venga a la memoria
el nombre de Etienne Wilson, quien tan profundamente
estudió el pensamiento filosófico y teológico
surgido en el origen mismo de las universidades europeas.
Parafraseando lo que el gran medievalista escribió
sobre la suerte histórica de la filosofía,
podríamos decir que la Universidad entierra a
sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave
Fénix. El discurso sobre la "crisis de la
Universidad" ha sido, durante décadas, uno
de los lugares comunes de la discusión acerca
de la situación de la educación y la cultura
en el siglo XX. Ni siquiera han faltado propuestas concretas
para sustituir la unidad de la Universidad por la dispersión
de una especie de multiversity", o los edificios
y el césped del campus por el espacio
electrónico de las redes de computadores y los
bancos de datos. Casi nadie cree ya en esas utopías
tecnocráticas. Una vez más, la Universidad
se ha vuelto a revelar como un instrumento socialmente
imprescindible. Pero esta aparente victoria no ofrece
motivos serios para el optimismo: todo lo contrario.
Heidegger solía citar el lúcido verso
de Hölderlin: "Donde está el peligro,
allí surge también la salvación"
(Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch).
Ahora bien, cuando el peligro no comparece, cuando uno
se cree a salvo, la necesidad de salvación permanece
oculta: donde no hay peligro, tampoco hay salvación.
Y esto es quizá lo que sucede en la Universidad
actual. Resulta muy significativo que los recientes
diagnósticos de autores como Bloom y MacIntyre,
en los que se denuncian las ilusiones residuales de
la educación liberal e ilustrada, apenas hayan
encontrado eco en los ambientes académicos, dominados
por el activismo y la trivialidad (LOU).
Como ha dicho el filósofo alemán Robert
Spaemann, la utopía está muerta, más
muerta que -desde el Gott ist tot de Nietzsche-
lo estuviera nunca Dios. Pero ¿qué resta
cuando lo que sustituía a la religión
se revela como ilusorio? O bien la vuelta al origen,
el retorno a Dios, o bien una radical anti-utopía
que niega cualquier dimensión trascendental del
pensamiento humano. El Profesor americano Richard Rorty
ha dibujado esta anti-utopía: es el sueño
de una sociedad liberal, en la cual han desaparecido
todas las exigencias absolutas del conocimiento, la
religión y la ética, en la cual sólo
se consideran como verdaderos el placer y el dolor;
no debemos tomarnos ya nada en serio; queremos sentirnos
bien, y eso es todo. El lugar del nihilismo heroico
de Nietzsche lo ha ocupado el nihilismo banal. El nihilismo
banal se llama a sí mismo "liberal"
y a sus adversarios "fundamentalistas". Para
este nihilismo light, libertad significa multiplicación
de las posibilidades de opción (choice). Pero
no deja emerger ninguna opción por la que valga
la pena renunciar a todas las demás. Ya no hay
lugar para el tesoro escondido en el campo, por el cual
vende todo quien lo encuentra.
El relativismo escéptico de la cultura dominante
no sólo implica la muerte espiritual del alma,
sino también de toda cultura vital, sin la cual
la Universidad misma acaba por responder a la fúnebre
descripción que de ella hiciera Ortega y Gasset:
"Cosa triste, inerte, opaca, casi sin vida".
La Universidad que, desde hace ocho siglos, ha sido
capaz de responder a los desafíos provenientes
del exterior, se muestra ahora inerme ante la amenaza
que brota de ella misma y que la está vaciando
de su propio contenido. Estamos ante el fenómeno
que los sociólogos actuales denominan "implosión",
es decir, explosión seca, hacia dentro, producida
por un interno vacío. No se trata de un problema
funcional; se trata de una decisiva encrucijada institucional.
Lo que le sobra a la Universidad es organización;
lo que le falta es vida. Lo que necesita es, con palabras
de Karl Jaspers, "esa fuerza espiritual básica,
sin la cual son inútiles todas las reformas de
la Universidad".
No nos faltan hoy serios motivos para pensar que esta
energía espiritual de fondo no se puede reducir
a un humanismo etéreo y sincrético. Como
decía el Fundador de la Universidad de Navarra,
Josemaría Escrivá, "La Universidad
sabe que la objetividad científica rechaza justamente
toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad,
todo conformismo, toda cobardía: el amor a la
verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico,
y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones
incómodas, porque a esta rectitud comprometida
no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión
pública" (Discurso Académico,
Pamplona, 9 de mayo, 1974). La presunta neutralidad
está resultando una ficción inhabitable,
porque acaba desembocando en la intolerancia y el fanatismo.
Por su parte, el "pensamiento débil"
(pensiero débole), sustitutivo postmoderno
de la objetividad ilustrada, constituye la expresión
cultural de un permisivismo en el cual lo que se permite
es precisamente el dominio de los débiles por
parte de los fuertes, de los pobres por los ricos. "Salvarán
este mundo nuestro (...) -añadía Escrivá
en el mismo discurso universitario- no los que pretenden
narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo
a cuestiones económicas o de bienestar material,
sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno
del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como
luz orientadora para la acción y para la conducta.
Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que
contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un
Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador
que se desborda en cariño por sus criaturas.
Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar,
trascendiendo así lo efímero y lo transitorio"
(Ibid. ).
Estamos apuntando al núcleo profundo que confiere
unidad y universalidad a esa comunidad de investigación
y aprendizaje que era -que todavía podría
ser -la Universitas Studiorum, la Universitas
Magistrorum et Alumnorum. El Papa Juan Pablo II,
con su insólita radicalidad, señaló
ese núcleo cuando, hace ya años, mantuvo
ante los estudiantes de Coimbra que la Universidad es
esencialmente un ámbito de libertad para la "manifestación
de los hijos de Dios". La filiación divina
es el misterio que nos libera de la vanidad y de la
dispersión: el amor paternal de Dios abre la
única posibilidad real de que los seres humanos
se amen los unos a los otros, y susciten así
una cultura innovadora. "El vínculo del
Evangelio con el hombre -dijo Juan Pablo II en la Universidad
Complutense de Madrid- es creador de cultura en su mismo
fundamento, ya que enseña a amar al hombre en
su humanidad, y en su dignidad excepcional. La síntesis
entre cultura y fe no es sólo una exigencia de
la cultura, sino también de la fe. Una fe que
no se hace cultura es una fe no plenamente acogida,
no totalmente pensada, no fielmente vivida".
La fe se hace cultura porque enseña a amar al
hombre en su concreta humanidad, en esa unidad vital
que está hecha de materia y de espíritu,
de intimidad y trascendencia, de singularidad irrepetible
y de apertura a lo universal. No es un acontecimiento
histórico contingente el hecho de que la Universidad
sea una institución original y originariamente
cristiana. Como tampoco lo es la realidad de que la
misma idea de Universidad se oscurece y debilita cuando
se olvidan sus raíces cristianas.
Ya en el primer tercio de este siglo, Max Weber nos
ofreció la crónica anticipada de esa unidad
perdida. Disipada la fe en el único Dios verdadero,
lo que queda es un "politeísmo de los valores",
un Olimpo neopagano, del que parten solicitaciones contrapuestas.
El hombre contemporáneo se encuentra internamente
desgarrado por una multiplicidad de lealtades incompatibles
entre sí que, en su ruidosa carencia de armonía,
sólo coinciden en excluir la fidelidad indivisible
al unum necesarium. Cada uno de nosotros experimenta
en su propia carne esas "vivencias de discontinuidad",
que le obligan a cambiar de disfraz varias veces al
día. La ha vuelto a adquirir su etimológico
significado de "máscara", de manera
que en un solo sujeto cohabitan varias personas, sin
que sea fácil identificarse con ninguna de ellas.
¿Qué somos: miembros de una familia, profesionales,
ciudadanos, creyentes, o simplemente payasos? Todo eso
y nada de eso. Max Weber lo anunció: el desencantamiento
del mundo por la ciencia, la modernización salvaje,
habría de conducir a la producción de
un tipo de hombres que serían "especialistas
sin alma, vividores sin corazón". Ya están
por todas partes. Como también se ha hecho persuasiva
la "falta de sentido" que, según el
sociólogo alemán, sería el precio
que habría que pagar por la generalizada sustitución
de las convicciones por la convenciones.
Se ha producido una "nueva complejidad" que
no consiste sólo en el aumento de las complicaciones
que acompañan desde siempre a la vida humana.
También ahora es verdad lo que decía T.
S. Eliot de todos nosotros: "Human kind cannot
suport too much reality". Pero lo que ahora acontece
es que la "nueva complejidad" no procede de
un exceso de realidad sino de un vacío de ser.
La proliferación de la anomia y de los efectos
perversos, que provoca en nosotros un estado de perplejidad,
tiene su causa en la separación entre las estructuras
políticas y económicas, por una parte,
y la vida real y concreta de los individuos, por otra.
Lo que los sociólogos llaman "tecnoestructura"
o "tecnosistema" -el entramado del mercado,
el Estado, y los mass media- ofrece un aspecto de lo
unreal, en el sentido de Newmann: el hombre de
la calle ya no es capaz de reconocerse en esas configuraciones
poderosas y fantasmales.
Como dice la boutade postmoderna, "la nostalgia
ya no es lo que era". La Universidad actual no
puede refugiarse en el "ghetto" de una simplicidad
bucólica que tal vez nunca existió y que
ahora es sencillamente imposible. (Al torero español
Juan Belmonte se debe este inapelable teorema de lógica
modal: "Lo que no puede ser, no puede ser, y además
es imposible"). La Universidad, si aún desea
seguir siendo ella misma, se encuentra hoy ante el desafío
de comprender esa "nueva complejidad", gestionarla,
y convertirla en una complejidad que ya no sea "perversa"
sino humana.
Tal reducción y transformación de la
complejidad no se puede realizar con los recursos de
conocimiento y acción provenientes de la propia
tecnoestructura. Es preciso redescubrir una fuente de
sentido olvidada, previa a todas nuestras construcciones
e interpretaciones. Ese "suplemento de alma"
está siempre ya dado. Es lo que, utilizando la
terminología fenomenológica, podríamos
llamar "mundo de la vida" (Lebenswelt).
La fuente originaria de sentido, sumergida bajo las
densas capas de la complejidad perversa, no es otra
que la unidad de la vida humana: la unidad de las personas
en su concreta humanidad, cuya naturaleza social exige
su integración en comunidades abarcables, a escala
humana, entre las que figura en primer lugar la familia
y la escuela.
La solución que la Universidad puede aportar
a una sociedad desorientada no reside primariamente
en el recurso a esa abstracción que se llama
"cambio de estructuras". La verdadera solución
se halla "en medio de la calle", en la inmediata
realidad de la vida de los hombres, en sus modos de
vivir y de trabajar, y -más radicalmente aún-
en la referencia unitaria de la pluralidad de los asuntos
humanos al Dios vivo y próximo. En una Homilía
pronunciada al aire libre, en el campus de la Universidad
de Navarra, Josemaría Escrivá repetía
a estudiantes y profesores "que no puede haber
una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos,
si queremos ser cristianos: que hay una única
vida, hecha de carne y espíritu, y ésa
es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo-
santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos
en las cosas más visibles y materiales. No hay
otro camino(...): o sabemos encontrar en nuestra vida
ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.
Por eso puedo deciros que necesita nuestra época
devolver -a la materia y a las situaciones que parecen
más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas
al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo
de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro
continuo con Jesucristo" (Homilía, 8 de
octubre, 1967. Conversaciones, n. 114).
La filosofía de la creación y la teología
de la gracia se aúnan sin confusión para
conferir a la idea de Universidad una tremenda energía
transformadora en este inicio de milenio. La dispersión
y la banalidad se superan cuando recordamos que el Espíritu
Santo es -como decía Tomás de Aquino-
"el regalo primordial". Más íntima
a mí que yo mismo, según la expresión
agustiniana, esa luz de la Sabiduría increada
ilumina todas las realidades creadas, incitándonos
a avanzar en el desvelamiento del ser de las cosas.
Porque hay un algo trascendental, un algo santo, divino,
escondido en las situaciones más comunes, que
toca a cada uno de nosotros descubrir (Cf. Conversaciones,
n. 114).
La Universidad se convierte en una apasionante aventura
del espíritu cuando se entiende como una comunidad
vital, en la que profesores y estudiantes se asocian
libremente en el empeño por detectar esos brillos
humanos y divinos que reverberan en las realidades del
mundo y de la sociedad (Cf. Conversaciones, n.
119). Se abre así de nuevo la posibilidad de
que sea la institución que realice una síntesis
de los saberes y una armonización de las formas
de vida.
"Donde esta el peligro, allí surge también
la salvación". El trabajo humano, que ha
sido el foco de las utopías colectivistas y es
ahora el cauce de las anti-utopías individualistas,
se ennoblece al convertirse en medio para completar
la obra creadora, para servir a todos los hombres, especialmente
a los más necesitados, y para buscar el propio
perfeccionamiento, la santidad personal. Se trata de
un planteamiento trascendente e inmanente a la vez,
que rompe, desde dentro y por elevación, los
círculos cerrados de esa dialéctica negativa
que lleva a las ideologías modernas a un punto
muerto. Es un programa radicalmente anti-dialéctico,
que apuesta por una profundización en el misterio
del ser y por una conciliación analógica
de las diversas dimensiones de la realidad. Es así
como se puede diseñar una nueva cultura de
vida, que se opone audazmente a la vieja cultura
de muerte, según las pregnantes expresiones
de Juan Pablo II.
La escisión irreconciliable es semilla de muerte.
La unidad armónica es raíz de vida. Y
la esencia de la Universidad consiste en la convicción
de que esa unidad orgánica es posible, de que
existe una articulación necesaria entre verdad
y unidad que puede ser desvelada por la más alta
actividad humana, por la teoría o contemplación
serena de la realidad. En cambio, la contraposición
entre espíritu y materia, entre verdad y eficacia,
entre educación humanística y capacitación
profesional, es la herida no restañada por la
que se desangra el ideal universitario.
Sólo el amor funde sin confundir, mantiene a
la vez la alteridad y la identidad, logra la unidad
de lo plural. Por eso estamos presenciando el fracaso
de los programas académicos ilustrados: porque
pretenden articular los saberes en el plano de una fría
objetividad, presuntamente neutral, que margina el amor
a la verdad. La contraposición entre amor y conocimiento,
como si fueran respectivamente lo irracional y lo racional,
es una perversión dialéctica, que acaba
por reducir el amor a deseo físico y el conocimiento
a esa trivial curiosidad que se enmascara bajo el optimismo
desesperanzado de la erudición sin finalidad.
Cuando, en rigor, el amor es la fuente de todo saber
y la íntima energía que alimenta a una
comunidad de investigación y enseñanza.
No cabe hablar de Universidad donde la indagación
y transmisión del conocimiento no se fundamenta
en el amor apasionado al mundo y a nuestros hermanos
los hombres, en cuya faz brilla el esplendor del Amor
subsistente. "No hay Universidad propiamente en
las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes,
no se una la formación enteriza de las personalidades
jóvenes. Ya el humanismo helénico -añadía
San Josemaría- fue consciente de esta riqueza
de matices. Pero cuando -llegada la plenitud de los
tiempos- Cristo iluminó para siempre las arcanas
lejanías de nuestro destino eterno, quedó
establecido un orden humano y divino a la vez, en cuyo
servicio tiene la Universidad su máxima grandeza"
(Josemaría Escrivá, Discurso Académico,
Pamplona, 28 de noviembre, 1964).
La base firme de esta formación integral es
una preparación intelectual sólida y abierta,
que se desglosa en un texto escrito hace años
por el Fundador de la Universidad de Navarra: "Para
ti, que deseas formarte una mentalidad católica,
universal, transcribo alguna características:
- amplitud de horizontes, y un profundización
enérgica, en lo permanentemente vivo de la
ortodoxia católica;
- afán recto y sano -nunca frivolidad- de
renovar las doctrinas típicas del pensamiento
tradicional, en la filosofía y en la interpretación
de la historia;
- una cuidadosa atención a las orientaciones
de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;
- y una actitud positiva y abierta, ante la transformación
actual de las estructuras sociales y de las formas
de vida" (Surco, n. 428).
Ciertamente, "la Universidad -piensa Escrivá
de Balaguer- vive de espaldas a ninguna incertidumbre,
a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres.
No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas.
Pero, al estudiar con profundidad científica
los problemas, remueve también los corazones,
espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan,
y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad
más justa. Contribuye así con su labor
universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento
mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro
incierto, a promover -con el amor a la verdad, a la
justicia y a la libertad- la paz verdadera y la concordia
de los espíritus y de las naciones" (Josemaría
Escrivá, Discurso Académico, Pamplona,
7 de octubre, 1972).
Las grandes conmociones sociales y culturales que estamos
viviendo estos últimos años vuelven a
prestar una sorprendente actualidad a estos principios
del espíritu universitario. Como en otros momentos
cruciales de su ya larga historia, la institución
universitaria debe redescubrir en nuestro tiempo el
papel decisivo que le corresponde en la orientación
de esos cambios tan hondos. Porque es esa memoria histórica
la que nos dice que dejarse llevar por la corriente
de los acontecimientos externos equivale siempre a la
decadencia de la Universidad; mientras que su florecimiento
sólo acaece cuando acierta a estar "en el
origen mismo de los cambios".
Cabe adivinar la mutación que ahora se anuncia
como el paso de la sociedad industrial a la sociedad
del conocimiento. La quiebra de la interpretación
materialista de la historia no sólo se ha hecho
patente en los acontecimientos del la Europa del Este,
sino que ya se venía evidenciando en la "revolución
silenciosa" que está cambiando nuestro modo
de trabajar y de pensar. Hoy ya sabemos que la verdadera
riqueza de los pueblos no estriba primariamente en su
capacidad de transformar la materia. Nuestro principal
recurso consiste ahora en la potencialidad para generar
nuevos conocimientos, y en la agilidad y versatilidad
para procesar y transmitir la información.
Claro aparece que, en una situación de esta
traza, las demandas que se hagan a la Universidad serán
tan perentorias como arduas de responder. Para estar
a la altura de tales circunstancias históricas,
para ser capaces de gestionar el cambio con originalidad
y eficacia, la propia mentalidad de los universitarios
habrá de experimentar también una significativa
innovación. Pero lo más interesante de
este reto estriba en que el progreso que se nos está
pidiendo es un avance hacia nosotros mismos, un nuevo
encuentro con la genuina tradición de la Universitas
Studiorum. La nueva sensibilidad cultural, así
como el impresionante despliegue de la ciencia y la
tecnología en las últimas décadas,
han roto los compartimentos estancos de las disciplinas
convencionales, y están clamando por una nueva
articulación de los conocimientos que vuelva
a radicar la pluralidad de saberes en la unidad de un
horizonte humano con verdadero sentido.
La interdisciplinariedad ha dejado de ser un lema decorativo,
una especie de lugar común en el discurso universitario.
La interdisiciplinariedad es hoy una exigencia indeclinable,
porque los problemas reales a los que la Universidad
debe buscar solución abarcan siempre diversos
campos científicos y no pueden quedar atrapados
por la red de un sistema organizativo rígido.
La propia gestión interna de las universidades
ha de adecuarse a esa dinámica de cooperación
interfacultativa. Además de generosidad y altura
de miras, la nueva situación requiere unos procedimientos
operativos que la Universidad puede encontrar también
en su propio seno, en las ciencias que tratan de la
acción humana.
Pero, como antes apuntaba, el cambio del modelo organizativo
sería superficial, e incluso ineficaz, si no
se fundamentara en el cambio del paradigma epistemológico
y ético. Como ha señalado el Profesor
MacIntyre, se trata de pasar del modelo de la certeza
al modelo de la verdad.
De acuerdo con el modelo de la certeza, no hay hondura
de realidad, no hay misterio alguno en el ser de las
cosas, sólo hay problemas que pueden llegar a
resolverse con una adecuada metodología. Las
objetividades están ahí, disponibles para
todo el que las tematice con el método adecuado.
Un buen método nos abre al espectáculo
de las regularidades objetivas un mundo accesible con
independencia del temple ético personal, de la
comunidad en la que habitamos, de la historia que vivimos.
Este planteamiento ha conducido a un callejón
sin salida, a una situación de ficciones generalizadas
en el lenguaje científico y ético, a una
profunda desmoralización en amplios sectores
de la sociedad. Pienso que ya es tiempo de pasar del
paradigma de la certeza al paradigma de la verdad.
De acuerdo con el paradigma de la verdad, el saber
teórico y práctico tiene mucho de "oficio",
de craft de artesanía casi: tal es el sentido
clásico del término "sabio".
Para llegar a saber, es preciso integrarse en una comunidad
de aprendizaje, que tiene su dinámica de tradición
y progreso, que establece normas a las que se vinculan
libremente sus miembros, que fomenta virtudes intelectuales
y éticas sin las cuales todo avance en el conocimiento
es superficial e ilusorio. El acceso a la verdad requiere
una severa preparación, valores compartidos y
autodisciplina; lo mismo que el recto ejercicio de la
libertad, al que está estrechamente vinculada.
Amar libremente la verdad: este es el meollo de la
vida universitaria. Vida que sólo es posible
en una comunidad intelectual y ética. Comunidad
de saber que es preciso rehacer de continuo, con una
creatividad que ningún método encierra
o agota.
La Universidad recoge las vitalidades que se estrenan
en la vertiente nueva de la juventud, las templa en
los hábitos teóricos y prácticos,
y las lanza a las tareas directivas de la vida social.
Una enseñanza de calidad es mucho más
que la transferencia de un conocimiento decantado, mucho
más que una pura transmisión de información.
A la vista del actual panorama educativo en casi todo
el mundo, podríamos preguntarnos con T.S. Eliot:
Where is wisdom we have lost in knowledge?
Where is knowledge we have lost in information? (Coros
de The Rock).
Una enseñanza de calidad es la forja ética
y científica de personalidades maduras y libres,
que crecen junto a sus profesores y compañeros
en un ambiente fértil, en un clima de convivencia
culta, de responsabilidad cívica y de promoción
de la justicia social. Una buena enseñanza superior
está hecha de aprendizaje de contenidos sólidos,
pero también de incorporación de metodologías
innovadoras, de adquisición de estilos relacionales
y de incremento de la capacidad creativa.
Las tres metas institucionales que San Josemaría
adscribe a la Universidad son la elaboración
de la síntesis de los saberes, la formación
armónica de los estudiantes, y el servicio al
entorno social. Tales finalidades presentan ahora, en
el claroscuro de este de siglo, una renovada actualidad.
Hoy es necesario y posible intentar que el humanismo
de raíz clásica se dé la mano con
la ciencia más avanzada y con la tecnología
de vanguardia. Cabe empeñarse en la formación
de profesionales que sean eficaces, precisamente porque
tienen una visión unitaria y global de la realidad,
porque son personas cultas. Mientras que servir a la
sociedad no equivale a sucumbir ante las rutinas del
pragmatismo, sino que implica la audaz anticipación
de un futuro más justo.
La fecundidad de la tarea académica adquiere
perspectivas trascendentes, cuando -en un clima de diálogo
y libertad- se inspira en los valores cristianos presentes
en la original idea de Universidad. La Fe es iluminación
y acicate, en modo alguno constricción o barrera,
cuando sé comprende que el cristianismo es vida
liberada por Cristo, existencia redimida de la vanidad
y la dispersión. Como dijo en una ocasión
la Profesora Elizabeth Anscombe, lo decisivo en una
Universidad es si en ella se sabe que Dios es la verdad.
La virtualidad que para la vida universitaria tiene
el espíritu del Fundador del Opus Dei dista mucho
de ser circunstancial o casual. Porque en su misma entraña,
en su inspiración central, se halla la unidad
de las variaciones de la vida, la síntesis de
lo que parece disperso, la conciliación de lo
superficialmente opuesto. La radical tensión
hacia Dios de toda esa abigarrada pluralidad que constituye
el mundo cotidiano confiere una referencia unitaria
a las más diversas circunstancias y tesituras
de la vida humana. El ideal de conjunción y universalidad
que es la esencia de todo proyecto universitario ha
encontrado en el paradigma de la unidad de vida, propuesto
por San Josemaría Escrivá, un camino andadero
que está permitiendo la renovación de
la idea universitaria en una época de perplejidades
y contradicciones.
La respuesta de San Josemaría a una situación
histórica terminal y compleja sorprende por su
inmediatez y simplicidad. Le desmarca con elegancia
de las disquisiciones intelectualizadas. Deja al margen
los discursos parasitarios que habita el enrarecido
clima de la crítica y de la crisis. Abandona
con toda naturalidad las reflexiones secundarias de
quienes se ocupan de pensar acerca de lo ya pensado.
A él le gustaba meter los clavos por la
punta(Camino, n. 845). Va así derecho,
con la sencillez y certidumbre del que sabe algo como
si lo estuviera viendo, al núcleo de la cuestión.
Y propone una solución que asombra por su actualidad
y pertinencia, por su poderoso aliento, por su riqueza
de niveles y de matices: una solución que no
parte inicialmente de las condiciones históricas
iniciales, sino que las recoge y las transforma en una
síntesis innovadora.
Al recibir el Fundador del Opus Dei la gracia extraordinaria
con la que Dios le hizo ver su querer divino, la fidelidad
a esa gracia y su lucidez intelectual le llevan a descubrir
intuitivamente de modo certero y penetrante, que las
vías de salida de una situación social
aporética se encuentran en la vida cotidiana,
con su multiplicidad de pequeñas realidades,
y sobre todo en la unitaria versión de esa raíz
vital y de su plural despliegue a Dios nuestro Padre.
De ahí que su espíritu y su doctrina contengan
una respuesta a las angustias de este tiempo nuestro
y, a su vez, un mensaje válido para todo tiempo.
De ahí, también, que aporten las líneas
maestras de un replanteamiento a fondo de lo que ha
de ser esa institución unificadora de los saberes
y de las formas de vida a la que llamamos Universidad.
La propuesta de hacer de la santificación del
trabajo ordinario el norte del existir cristiano en
medio del mundo es un programa trascendental que supera
las antítesis irreconciliables del pensamiento
antropocéntrico. Bellamente lo expuso, una mañana
de octubre, en ese ya aludido discurso pronunciado en
la Universidad de Navarra que se conoce entre estudiantes
y profesores como la Homilía del campus:
Os aseguro (...) que cuando un cristiano desempeña
con amor lo más intrascendente de las acciones
diarias, aquello rebosa de trascendencia de Dios. Por
eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la
vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos
de la prosa diaria. En la línea del horizonte
(...) parecen unirse el cielo y la tierra. Pero donde
de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando
vivís santamente la vida ordinaria.
El Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad
de Navarra enseñó estas verdades esenciales
con la doctrina profunda y, ante todo, con su vida heroica.
Por todas partes, en discursos universitarios, en homilías
y en tertulias inolvidables, mostró cómo
la eficacia se concilia con la misericordia, la exigencia
con la comprensión, la libertad con la entrega,
el buen humor con la seriedad, la preocupación
por los más grandes problemas de la vida con
el cuidado de los más menudos detalles. Y lo
hizo como juglar a lo divino, sin rancias
pretensiones académicas, a cuerpo limpio, con
la fe por delante, con una alegría y afecto que
hacían saltar rigideces y frialdades.
A través de la figura amable del sacerdote santo,
aparecía el hombre sabio, el gran universitario
capaz de galvanizar entusiasmos investigadores y docentes
en torno a unos valores perennes e inconfundiblemente
actuales.
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