Trabajo, mundo, creatividad


Texto de introducción al catálogo de la exposición Trabajo, mundo, creatividad organizada por la Fundación Mainel de Valencia con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá. Participaron 65 artistas de de 14 nacionalidades diferentes. La exposición tuvo lugar en el mes de septiembre de 2002, en el Museo de la Ciudad de Valencia.
El autor del texto, José Manuel Mora Fandos, fue uno de los comisarios de la exposición y actualmente es el subdirector del Colegio Mayor Universitario de La Alameda.

1. “La palabra artista, en el sentido en que se la entiende generalmente hoy, confiere al que la porta el más alto prestigio intelectual, el privilegio de pasar por un puro espíritu. Ese término orgulloso es, a mis ojos, completamente inseparable de la condición del homo faber.” Así reflexionaba el músico Igor Strawinsky sobre el status del artista en el mundo moderno: si la reflexión realizada podría continuar siendo válida hoy en día, su conclusión particular, el subrayado sobre la faceta del trabajo, es lo que la hace especialmente adecuada para abrir este texto de introducción a la exposición Trabajo, mundo, creatividad.

2. El mundo del arte contemporáneo no es sólo un sensible registrador de resonancias de los fenómenos que afectan a la vida de los hombres y mujeres de nuestras sociedades; simultáneamente ejerce, sin pretenderlo, de altavoz cualificado de los avatares y esperanzas más íntimas del mundo contemporáneo. Se podría decir que el artista se expresa y expresa un estado cultural y espiritual, a menudo complejo, a un público que necesita conocer y reconocerse en ese mismo estado, y que la comunicación no es siempre fácil. Ante las urgencias mediáticas y las presiones comerciales -que pueden distorsionar esa comunicación de las realidades que más importan- se manifiesta la importancia de hacer posible una reflexión antropológica serena; y con ella la necesidad de facilitar el diálogo entre los diversos actores de la sociedad multicultural. Pero, más allá del diálogo como simple herramienta para alcanzar acuerdos de inmediato rendimiento social -a menudo tan precarios-, el “largo plazo” al que una sociedad debería apuntar exige un diálogo más profundo, dirigido a conocer lo propio del otro, capaz de barrer los prejuicios y estereotipos, de descubrir gozosamente las coincidencias, y de aprender a considerar las diferencias. Como señalaba el filósofo Antonio Ruiz Retegui: “Para lo que hace falta más energía vital humana no es para desplazar pesos, o para resolver enigmas, o para entender grandes teorías intelectuales, sino para “orientar”, “alentar”, para “dirigir”, es decir, para transmitir a través de la comunión dialógica, la energía con la que ‘se alivia el peso del misterio,/ la agobiante e insoportable carga/ de todo este mundo incomprensible’” .

Una polarización del arte hacia lo que llamamos la “obra” artística ha conducido fácilmente a una visión objetualista, que con frecuencia se ha teñido de un exclusivismo mercantil. Este fenómeno ha tendido a empañar las percepciones del público, enmascarando el natural proceso -complejo y dinámico- en que consiste el arte. La teoría de la comunicación aplicada al hecho artístico plástico nos recuerda el resto de instancias que tienen su papel en este tipo de comunicación, y corrige y mejora la consideración del objeto: el creador, el canal de presentación de la obra, el contexto histórico y cultural, el lenguaje específico en el que se ha realizado la obra, y el receptor, comparecen en el proceso artístico. Entre otras, es bien conocida una de las disfunciones que convendría conjurar: como espectadores nos mostramos muy prestos a olvidar nuestro ‘trabajo’ ante la obra de arte y, como suele ocurrir con los medios audiovisuales de comunicación de masas, a adoptar una actitud pasiva. No obstante, el avance que se puede alcanzar a partir del esclarecedor análisis científico necesita insertarse finalmente en una perspectiva vital libre y responsable, de búsqueda de la felicidad personal y comunitaria. Una antropología abierta al futuro y convencida del carácter profundamente positivo del ser y del actuar humano, puede situar estas instancias y procesos artísticos en una perspectiva de esperanza, y poner en juego un potencial ilusionante.

3. La Fundación Mainel ha venido proponiendo a través de su andadura en la promoción cultural un activo diálogo a partir de unos valores que considera amplios, abiertos y benéficos, buscando el suelo común entre hombres y mujeres de muy diverso planteamiento vital, ideológico y religioso. El talante abierto y dialogante se ha inspirado a menudo en el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. La celebración del centenario del nacimiento del Fundador del Opus Dei en el año 2002 ha constituido una oportunidad para subrayar el provecho y la eficacia de esta inspiración, y continuar así promoviendo el diálogo entre los artistas y el público. La necesidad de una fórmula que continuara con la línea mantenida y que amplificara la posibilidad de encuentro fue la presente convocación de artistas plásticos a una exposición colectiva de arte contemporáneo, articulada alrededor de tres conceptos recurrentes en los escritos de Josemaría Escrivá: trabajo, mundo, creatividad. Consideramos que se trata de unos conceptos que, si bien en este caso se hallan radicados en una tradición cristiana, encuentran importantes coincidencias en la vivencia cotidiana de hombres y mujeres de cualquier cultura, y que de este modo están abiertos a la atención y al encuentro: 65 artistas de los cinco continentes, de 14 países distintos, desde creadores consagrados hasta valores emergentes, de distintas razas, de las más diversas estéticas e insertados en experiencias culturales y religiosas distintas, han querido participar en este diálogo, presentando una obra realizada o escogida especialmente para tal ocasión.

4. Como primera premisa para entablar esta conversación, habría que señalar que Josemaría Escrivá no tiene un credo estético o artístico: exclusivamente preocupado por el hombre y la mujer concretos que viven en medio del mundo, por su relación con las realidades cotidianas y con los demás, para ayudarles a descubrir su dignidad de hijos de Dios, valora todo lo que de positivo, verdadero y bello hay en el acontecer humano, insertándolo en un esperanzado horizonte de sentido trascendente. Se puede decir que asume el adagio clásico “Hombre soy, y nada humano me es ajeno” , al aceptar lo que de bueno hay en la existencia humana, venga de donde venga; pues a lo largo de su vida buscó el diálogo con gentes de toda condición, afanados en las diversas profesiones honradas de la vida, para invitarles a considerar que “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” , como dijo en su conocida homilía ‘Amar al mundo apasionadamente’. La afirmación del mundo, el sentido del trabajo humano y la libertad del espíritu son valores que encuentran en sus escritos un referente contemporáneo. Su mensaje asume una tradición que parte del relato del Génesis, donde Dios entrega la creación al hombre: una tierra amable confiada en forma de Paraíso a un varón y una mujer. Situado el hombre en el centro de la creación, recibe el mundo como su lugar natural, y con él una llamada que le configura radicalmente: la de atenderlo y cuidarlo; y ese mundo, perfecto por haber salido de las manos de Dios, se encuentra a propósito inacabado en espera del trabajo transformador y creativo del hombre.

5. Frecuentemente, los grandes artistas han querido dejar constancia de la dimensión, a un tiempo ardua y gozosa, de su vocación creadora: Vincent Van Gogh resumía del siguiente modo el empeño y circunstancia del crear: “Trabajando es como se aprende; pintando es como se hace pintor. Si se quiere llegar a pintor, si se desea verdaderamente, si se siente lo que tú sientes, entonces se puede; pero ese “poder” va acompañado de penas, cuidados, decepciones y horas de melancolía, de impotencia y todo esto” . Josemaría Escrivá recoge esa experiencia del esfuerzo que supone la vocación del que vive entregado a su trabajo: “Nos afanamos en un trabajo, en una empresa de proporciones más o menos grandes, en el cumplimiento de una labor científica, artística, literaria, espiritual. Si se pone empeño, si existe verdadera pasión, el que se entrega vive esclavo, se dedica gozosamente al servicio de la finalidad de su tarea” .

Esa vocación artística encuentra en el amor un motivo y una fuerza para superar las dificultades. El poeta Rainer Maria Rilke lo expresa con justeza: “Las obras de arte son de una infinita soledad (…). Solamente el amor puede comprenderlas y tratarlas y ser justo con ellas” . También Josemaría Escrivá conoce esta realidad: “Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!” .

6. Entre las características del arte, es la capacidad transformadora una de las más sobresalientes: llamar la atención sobre una realidad valiosa, hacer presente el rostro proteico de la belleza, comunicar inefablemente una verdad profunda, ayudar a desarrollar el potencial de admiración y sorpresa, agrandar y depurar la sensibilidad, pueden ser aplicaciones de esa capacidad que, finalmente, se convierte en servicio por su naturaleza transitiva. Arnold Schönberg señala: “Aunque indudablemente todo creador crea sólo para liberarse de la profunda urgencia de la necesidad de crear, y aunque de esa manera crea en primer lugar para su propio placer, todo artista que entrega su obra al gran público apunta, por lo menos inconscientemente, a decir a su auditorio algo que tiene valor para ellos. De las vidas de los hombres verdaderamente grandes puede deducirse que la necesidad de crear responde a un sentimiento instructivo de vivir sólo con el destino de entregar un mensaje a la humanidad” . Y dice Vasili Kandinsky: “La pintura es un arte, y el arte, en su aspecto global, no es una creación inútil de objetos que se deshacen en el vacío sino una fuerza útil que sirve al desarrollo y a la sensibilización del alma humana” . El concepto de santidad que anuncia Josemaría Escrivá puede dialogar bien con este carácter eminentemente positivo y edificante del trabajo creador, que acaba siendo una aportación liberadora al progreso del oficio artístico, a la propia vida del artista y a la de los demás. De este modo tendría tres tareas fundamentales: “Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo” .

7. La atención a las circunstancias cotidianas y a las relaciones humanas más próximas parece ser la primera condición para poder transfigurar la realidad. Siempre se ha reconocido a los artistas ser personas capaces de captar con mayor hondura la presencia de lo real, trascendiendo lo que una primera impresión puede registrar. Claudio Magris hace notar esta actitud de cualquier persona con un afán de sincera búsqueda: “Sólo el reconocimiento preciso de lo visible permite llegar a sus bordes y dirigir una mirada más allá de sus fronteras” . Rilke aconseja: “Trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. (…). Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es lo bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente” . Josemaría Escrivá parece condensarlo en una metáfora traída del taller del poeta: “hacer endecasílabos de la prosa de cada día” . Esa actitud posibilita hacer el mundo más habitable: las obras así forjadas y templadas, materiales o intelectuales, adquieren la pulsión y la consistencia de lo trascendente y son un profundo servicio a los demás, pues sobrepasan a su propio autor al comunicar lo que roza más inefablemente el corazón humano a gentes de cualquier tiempo y lugar. En la reciente Carta a los Artistas, Juan Pablo II señala entre otros aspectos esa especial vocación del artista, abierta al servicio de los demás: “La diferente vocación de cada artista, a la vez que determina el ámbito de su servicio, indica las tareas que debe asumir, el duro trabajo al que debe someterse, y la responsabilidad que debe afrontar. Un artista consciente de todo esto sabe también que debe trabajar sin dejarse dominar por la gloria fatua o por el afán de una fácil popularidad, y menos aún por el cálculo de un posible provecho personal. Hay, pues, una ética, más, una “espiritualidad” del servicio artístico, que a su modo contribuye a la vida y al renacimiento de un pueblo” .

8. Es fácil advertir que la creatividad es signo de libertad, y la libertad pertenece a la vida del espíritu. La mirada libre y responsable no se agota en un camino: cada hombre aporta su acento personal e irrepetible al mundo, en una legítima y necesaria variedad, para re-crear a partir de lo creado. Como ejemplifica el novelista Stefan Zweig, la creatividad artística es incoercible e irreductible a un procedimiento único y general, pues está ligada directamente a la persona: “Ahí está un artista como Juan Sebastián Bach, que cada día compone con la regularidad de un oficinista; y junto a él está Wagner, cuya inspiración permanece a veces apagada durante años enteros; en aquél el trabajo creador fluye con la constancia de una fuente, y en éste, en cambio, irrumpe de improviso como una fuerza volcánica” . En ese sentido, para Josemaría Escrivá no hay trabajos mejores o peores, sino que reciben mayor dignidad en la medida en que la mujer o el hombre que los desempeña pone en ellos mayor amor a Dios y al prójimo. Las ideas del artista Eric Gill parecen corroborar esta tradición de pensamiento, que aplica a los artistas: “Debe observarse que no reclamo una elevación especial en una pequeña clase de personas especiales, pues en una sociedad normal, es decir, una que esté compuesta de personas responsables de sus actos y de sus obras, el artista no es un tipo especial de hombre, antes cada hombre es un tipo especial de artista” . Libertad y responsabilidad aparecen así como los garantes de la creatividad y la heterogeneidad.

9. Como final de esta introducción al posible diálogo, podríamos señalar que al trabajo artístico en todas sus manifestaciones -desde los géneros más clásicos, hasta la necesaria experimentación que nunca agota las posibilidades del espíritu humano-, le cabe realizar una misión privilegiada: la de levantar las múltiples imágenes y metáforas de esa misma condición creativa y santificadora de todo ser humano en el mundo.

José Manuel Mora
Gestor Cultural de la Fundación Maninel
Doctor en Filología Inglesa



 


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