| Colonia.
Ahí estábamos. Bajo el
cielo de Colonia un buen grupo de residentes y amigos
del Colegio Mayor Alameda esperábamos en los
campos de Marenfield la llegada del Santo Padre Benedicto
XVI. Un poco apretados intentábamos situarnos
lo mejor posible antes de la llegada del Papa. Llevábamos
dos días de intensas caminatas por Colonia, pero
ahora todos los jóvenes nos habíamos reunido
en los campos alemanes para encontrarnos en una vigilia
de Oración con el nuevo Papa.
De pronto comenzamos a oír lo
gritos de júbilo y al instante todos miramos
hacía las pantallas gigantes que mostraban al
Papa sonriente entrando en su coche hacia el lugar de
la vigilia.
Benedicto XVI saludó a todos los
presentes y tras un emotivo recuerdo de Juan Pablo II,
el Papa dirigió unas palabras en diversos idiomas.
Nosotros abusando de la generosidad de los presentes
pudimos escuchar las palabras del Papa a través
de la radio:
Sólo de los santos, sólo
de Dios, proviene la verdadera revolución, el
cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos
vivido revoluciones cuyo programa común fue no
esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias
manos la causa del mundo para transformar sus condiciones.
Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano
y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación.
La absolutización de lo que no es absoluto, sino
relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre,
sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No
son las ideologías las que salvan el mundo, sino
sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que
es nuestro creador, el garante de nuestra libertad,
el garante de lo que es realmente bueno y auténtico.
La revolución verdadera consiste únicamente
en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo
y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué
puede salvarnos, si no es el amor?...
Tras esto, tuvo lugar la bendición
con el Santísimo, no en vano, pues nos encontrábamos
en pleno año de la Eucaristía.
A la mañana siguiente el Papa
se reunió de nuevo con sus jóvenes para
celebrar la Santa Misa. En la homilía el Papa
lanzó su mensaje a los jóvenes. Allí
estábamos personas de todas a nacionalidades,
de todos los colores, de todas las lenguas, pero el
Papa hablaba en el idioma de todos:
Quien ha descubierto a Cristo debe
llevar a otros hacia Él. Una gran alegría
no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla.
En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño
olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar del
mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe
también un sentimiento de frustración,
de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas
de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así!
Verdaderamente no. Y de este modo, junto a olvido de
Dios existe como un «boom» de lo religioso.
No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en
este contexto. Puede darse también la alegría
sincera del descubrimiento. Pero exagerando demasiado,
la religión se convierte casi en un producto
de consumo. Se escoge aquello que place, y algunos saben
también sacarle provecho. Pero la religión
buscada a la «medida de cada uno» a la postre
no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de
crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres
a descubrir la verdadera estrella que indica el camino:
¡Jesucristo!...
Tras esto nos despedimos del Papa y del
más del millón y medio de jóvenes
que nos habían acompañado en esos días
inolvidables por Colonia. Ya en Valencia comenzamos
a contar los días que faltan para que Benedicto
XVI nos devuelva la visita en el Encuentro Mundial de
las Familias.
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