Jornada Mundial de la Juventud 2005


Colonia.

Ahí estábamos. Bajo el cielo de Colonia un buen grupo de residentes y amigos del Colegio Mayor Alameda esperábamos en los campos de Marenfield la llegada del Santo Padre Benedicto XVI. Un poco apretados intentábamos situarnos lo mejor posible antes de la llegada del Papa. Llevábamos dos días de intensas caminatas por Colonia, pero ahora todos los jóvenes nos habíamos reunido en los campos alemanes para encontrarnos en una vigilia de Oración con el nuevo Papa.

De pronto comenzamos a oír lo gritos de júbilo y al instante todos miramos hacía las pantallas gigantes que mostraban al Papa sonriente entrando en su coche hacia el lugar de la vigilia.

Benedicto XVI saludó a todos los presentes y tras un emotivo recuerdo de Juan Pablo II, el Papa dirigió unas palabras en diversos idiomas. Nosotros abusando de la generosidad de los presentes pudimos escuchar las palabras del Papa a través de la radio:

Sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?...

Tras esto, tuvo lugar la bendición con el Santísimo, no en vano, pues nos encontrábamos en pleno año de la Eucaristía.

A la mañana siguiente el Papa se reunió de nuevo con sus jóvenes para celebrar la Santa Misa. En la homilía el Papa lanzó su mensaje a los jóvenes. Allí estábamos personas de todas a nacionalidades, de todos los colores, de todas las lenguas, pero el Papa hablaba en el idioma de todos:

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar del mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto a olvido de Dios existe como un «boom» de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero exagerando demasiado, la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que place, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la «medida de cada uno» a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo!...

Tras esto nos despedimos del Papa y del más del millón y medio de jóvenes que nos habían acompañado en esos días inolvidables por Colonia. Ya en Valencia comenzamos a contar los días que faltan para que Benedicto XVI nos devuelva la visita en el Encuentro Mundial de las Familias.

 

 

 

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