Crónica de una peregrinación


Quieres venirte a Roma?
¿Cuándo?
El miércoles

Éstas fueron las palabras que no dejaron de silbar en el aire durante los pasados días 4 y 5 de abril. Dos días antes el mundo entero había temblado ante la triste noticia: el Papa Juan Pablo II había fallecido. La respuesta no se hizo esperar. Como una familia que acude a velar al padre recién fallecido, miles de fieles en todo el mundo se pusieron en camino hacía el centro de la cristiandad: Roma.

Fue un viaje que en absoluto se hizo pesado, por lo menos la ida. Los peregrinos estábamos llenos de ánimo y esperanza, lo que suavizó enormemente la travesía, convencidos de que al llegar a la Ciudad del Vaticano, sucediese lo que sucediese y durase lo que durase la espera, conseguiríamos nuestro objetivo: venerar las exequias de Juan Pablo II. Nuestra llegada a la gran ciudad tuvo lugar en torno a las doce del día siguiente. Nada más llegar nos dirigimos al centro educativo Elis, dirigido por la Prelatura del Opus Dei, donde encontramos reposo durante al menos una hora. Una vez todo listo y tras la celebración de la Santa Misa, ¡qué mejor comienzo!, cada cual se distribuyó cómo buenamente quiso y pudo, y tomamos posesión de los medios de trasporte italianos directos al corazón de Roma. Tras unas cuantas calles recorridas en autobús hasta la estación de Tiburtina, y una travesía por el subsuelo, hicimos nuestra “aparición estelar”, así somos los españoles. Unas cuantas vueltas, unas botellas de agua con gas, unas gorras para protegernos del sol y de pronto: la Via Della Conciliazione. Emocionante. Media calle estaba inundada por un mar de gente que la ocupaba de acera a acera. Miles de peregrinos pertrechados igual que nosotros con enormes mochilas a la espalda, bajo un molesto sol de las tres de la tarde, haciendo cola con un objetivo común. Nos pusimos manos a la obra y nos establecimos rápidamente al final de la cola, dispuestos a todo. Y entre frutos secos, botellas de agua, paraguas, gorras y fuego en el corazón entramos a las siete en la Plaza de San Pedro. El estar haciendo cola allí es algo que cada uno de nosotros jamás olvidará, un sentimiento inexplicable que lo abarcaba prácticamente todo. La alegría y la esperanza se respiraban, se vivían. Además todo esto era fuertemente reforzado por los auténticos protagonistas: los polacos. Un espectáculo digno de verse, una fidelidad que acallaba a cualquiera. ¡Qué amor y que respeto! La fe personificada, y ya me gustaría a mí exagerarlo. Por suerte la espera sólo fue de cuatro horas, frente a las doce o trece de algunos. Una vez dentro de la plaza, aunque tardamos media hora en atravesarla de parte a parte hasta la entrada a la basílica, todo se sucedió vertiginosamente. Un pie entre las columnas y ya estabas entre los muros de la enorme construcción, ignorada por completo a causa de lo que al final de ésta se hallaba. Cada vez más y más cerca de los restos mortales de Juan Pablo II. Y finalmente nuestra recompensa. Diez segundos de visión, un recuerdo para la eternidad, un fuego imperecedero dentro de cada uno. Esa noche la pasamos en los fosos que rodeaban al Castel Sant'Angelo: si buscabas a alguien, seguro que estaba allí. Ni falta hace decir el ambiente que crean miles de personas en mitad de la noche alrededor de un castillo a las puertas del Vaticano, esperando a que fueran las tres de la madrugada y a que dieran dieran luz verde para proceder a la invasión del Estado más pequeño del mundo, y más teniendo en cuenta que ese mismo día 8 se celebraba el funeral por el Papa. Como era de esperar ese día también fue memorable para todo el mundo, y de nuevo los polacos fueron los galácticos del momento. Una vez finalizada la misa nos dispusimos para el regreso de nuestro viaje relámpago. Cuatro días de viaje: casi tres en autobús, uno y poco más en Roma, una experiencia eterna. Todo el mundo volvió con algo de Roma.

Pablo II con la tuna del Colegio Mayor de La Alameda, en el UNIV 81

 

 

 

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